Comienzo diciendo que no juzgo al hombre, esto le corresponde a Dios, sino sus actos, los cuales deben ser evaluados para entender la verdadera dimensión histórica de su papado. Mi deseo es que Dios lo haya acogido en su Reino.
Caben distintas interpretaciones y visiones del papado de Francisco que naturalmente corresponden a la óptica desde la cual se hagan. Yo la hago desde una óptica espiritual.
El papado de Francisco no se entiende sin hacer referencia a sus dos inmediatos predecesores. Tanto San Juan Paulo II, como Benedicto XVI, fueron gigantes por derecho propio que se esforzaron por ser fieles al mensaje y a la misión de la Iglesia. A Francisco le pareció que este enfoque asustaba y alejaba a la gente, y carente de los quilates intelectuales y espirituales para hacer la corrección evangélica que él pensaba era necesaria, se esforzó en secularizar a la Iglesia; se dedicó a la justicia social. Él mismo se declaró teólogo de la liberación menos la violencia.
La lucha de Francisco por la justicia social fue más cercana a Marx que a Jesucristo, convirtiéndose en una figura polémica, que generó rechazo de un enorme sector de la Iglesia. No fue fortuita su afinidad y simpatía con los gobiernos de izquierda. Queda la impresión de que la verdad evangélica para él no era importante porque “excluye”; lo importante es la inclusión y los consensos, aunque esto pierda las almas.
No solo desdibujó la misión evangélica de la Iglesia, sino que dejó a muchas personas confundidas. Su papado se dio en pleno furor de la ola progresista y Woke, y cuando el mundo más necesitado estaba de liderazgo y claridad espiritual y moral, Bergoglio hizo el quite y de forma ambigua fijo sus posiciones pastorales predicando una Iglesia menos apostólica y más progresista.
Dejó no pocos enemigos. Condenó a Israel y exigió la acogencia de los inmigrantes ilegales, aun en violación de la posición doctrinal de la Iglesia, sin entender el derecho a la defensa y los peligros que confronta Israel, y sin entender que los estados deben proteger sus fronteras y deben poder decidir quien entra y quien sale. La acogencia que ordena la caridad es por razones legitimas de asilo político.
Cuando se requería un Papa valiente, no fue capaz y permitió que los globalistas nos cerraran las Iglesias y nos privaran de alimento espiritual. La cereza del pastel fue la aberración incomprensible, rayando en lo herético, de la Iglesia Sinodal. La foto famosa en que está solo en la Plaza de San Pedro es, para mí, la soledad del hombre cuando prescinde de Dios, del hombre que hizo del progresismo, y no de Cristo, el camino de salvación.
Confundió a algunas comunidades, que creyeron ver apertura y aceptación de sus conductas. La realidad es que Francisco, dogmática y doctrinalmente, fue conservador. Y entonces no pudo armonizar la teología con la ideología, y por esto mensajes y posiciones erráticas y contradictorias. Francisco tuvo un estilo mundano, más ideólogo que teólogo, para expresar cercanía con las causas Woke. De alguna forma la búsqueda de inclusión fue entendida por muchos como aprobación. Les negó a estas comunidades el más grande acto de amor y respeto que no es otro que hablar con la Verdad; descuidó la salvación de las almas. No necesitamos una Iglesia más numerosa sino más santa.
No se pueden cambiar los diseños de Dios, y hoy como desde Adán y Eva, en lo referente al tema sexual, el placer solo es licito cuando se hace dentro de los dictados de la recta razón para cumplir con un propósito, y esto es cierto aún para los esposos. Amar a Dios sobre todas las cosas significa hacer la voluntad de Dios, incluso renunciando a nosotros mismos y a nuestras inclinaciones. La verdadera libertad del hombre reside en hacer la voluntad de Dios y no la nuestra.
Al final del día, la única diferencia entre un Pepe Mujica y el Papa Francisco, era una sotana y el área de influencia. En mi opinión, un papado con muchos más desaciertos que aciertos. Nada sucede sin que Dios lo permita, y esta Fe debe sostenernos aun en los momentos oscuros. Sabemos el final del Libro. ¡Confiemos en Sabiduría del Espíritu Santo!