La falsa ‘Llorona loca’– Relato

Columnas de Opinión
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Era un negro descomunal. Superaba los dos metros y su musculatura llamaba la atención. No era agresivo, pero su sola presencia infundía respeto, sobre todo a quienes se ufanaban de ser fortachones o supermachos. Había que tratar a este hombre para descubrir en él un espíritu bonachón, un ser generoso volcado a servir cuando se le necesitase. En resumen, tras una fachada que no lo favorecía, hibernaba el verdadero Martín. Sobre este personaje icónico de Pescaíto se han tejido relatos que no siempre son fieles a la realidad. Claro que algunos son verídicos, como el que cuenta la vez que uno de sus íntimos amigos lo dejó en evidencia una noche inolvidable para él y para el barrio entero. Nadie me perdonaría si no les cuento ese episodio.

Era una noche de abril próxima a la semana Santa. El barrio se había acostumbrado a los gritos lastimeros que desde hacía varios meses despertaban a los moradores de la calle 20 de Pescaíto. El pregón era una especie de queja que incluía imprecaciones en medio de un llanto incontenible. Los habitantes de esa calle estaban temerosos por lo que dieron en llamar ‘La llorona loca’, en asociación con la leyenda del personaje que deambulaba por las calles de Tamalameque. Lo cierto es que, en vez de enfrentar al espectro, decidieron trancar aún más puertas y ventanas; ni siquiera se atrevían a espiar por las rendijas. Para colmo, en el barrio no encontraron a los fanfarrones que con palabras altisonantes y fuertes golpes de pecho desafiaban a ‘la llorona’. Fueron requeridos uno a uno para lo que llamaron la gran cacería, pero todos encontraron motivos para evadir esa responsabilidad.

Ante la carencia de valientes que les devolvieran la tranquilidad perdida, decidieron buscar un héroe en otro barrio. Voluntarios hubo muchos; sin embargo, el que más impresionó a un jurado improvisado para tal ocasión fue Anthony Cooper. Por sus cabellos como el achiote, lo llamaban ‘Pelo ’e candela’, aunque alternaban ese apodo con el de ‘Toñito Garrotillo’. Era de mediana estatura, más bien bajo, y laboraba como bracero en el puerto de la ciudad. Pero es de Martín ‘Marimonda’ de quien debo ocuparme ahora, aunque ‘Toñito’ no desaparece de la escena. En efecto, a los habitantes de Pescaíto les llamó la atención que para enfrentar a un fantasma tan poderoso escogieran a un alfeñique, y sobre todo, de otro barrio. ‘Toñito’ solo exigió que le dieran una botella de Ron Caña para él solo. Además, debían permitirle esperar a la llorona en una de las casas de la calle 20. Una última condición: que si estaba dormido cuando se acercara la hora decisiva, lo despertaran y que nadie intentara acercarse a los dos gladiadores. “Todo puede echarse a perder”, dijo.

‘Toñito’ durmió apaciblemente hasta las dos y cuarto de la madrugada, cuando lo despertó el estridente grito. Se tomó un “petacazo”, que esta vez fue un trago doble. Abrió la puerta y se plantó en medio de la calle. Allí esperó a su contrincante, que no se atrevió a lanzar otro alarido.

—¿Por qué te pones en esas vainas, Martín? —preguntó sin rabia, más bien con infinita ternura, al viejo amigo y compañero de trabajo en los muelles de la ciudad.

‘Toñito’ sintió deseos infinitos de abrazar al hombrón que tenía al frente, totalmente desarmado en su moral y con incontenibles ganas de llorar. ‘Marimonda’ le confesó que esos gritos le daban el ánimo necesario para sortear la soledad de esas calles barridas por la brisa samaria.

—Desde niño enfrento ese problema, amigo. Nunca pude superarlo. Tal vez me convenga un cambio de horario en mi trabajo porque las madrugadas me matan. Si algunas de estas noches me hubiese encontrado en el camino con otra ‘llorona’, te juro que habría temblado de pavor —confesó ‘Marimonda’.

Esa noche de abril, próxima a la Semana Santa, desapareció para siempre la ‘Llorona loca’.

Cada vez que le preguntaban cómo fue su encuentro con el temible espanto —sin dárselas de héroe, y recordando a ese amigo grandulón llorando como un niño debido a un trauma de infancia— ‘Toñito Cobrizo’ solo respondía: “El tigre no es como lo pintan…, y la marimonda tampoco”.

Columna: Acotaciones de los Viernes e-mail: jose.vanegasmejia@yahoo.es