Leo con mucho interés los relatos y crónicas que escriben sobre Santa Marta. Es una manera de recrear la vida de años pasados y de comprobar que en este pueblo algunas cosas han envejecido y muchísimas otras ya no existen. Las calles de la ciudad, por ejemplo, se numeraban de sur a norte; muchas de ellas se conocían por nombres que poco a poco han pasado al olvido. Decirle hoy a un samario que el restaurante por el cual él pregunta está situado frente a la antigua Gota de leche y que la batería que necesita para su carro la consigue en la cuadra de la Caja de agua, es dejarlo sin almuerzo y varado al mismo tiempo. Sería, además, una maldad imperdonable.
¿Cómo no admitir ahora que nos relajábamos cuando asistíamos al Cine Variedades (lo llamábamos teatro) para ver las películas que allí se exhibían, una en vespertina y dos en nocturna? En el intermedio de la función nocturna era costumbre salir a comprar unas arepas asadas, deformes, que vendían frente a la puerta, y en seguida adquirir el guarapo de panela que permitiera ‘bajar’ la masa compacta de esas arepas.
Pero ya que hablamos del ‘Variedades’, tenemos que relacionarlo con uno de los principales inquilinos de su pantalla, actor preferido por el público, Cantinflas, quien este año cumpliría ciento trece años de vida; el 12 de agosto, exactamente. Pues sí, Fortino Mario Alfonso Moreno Reyes nació en 1911 y llegó a ocupar lugar de preferencia entre los amantes del cine cómico latinoamericano. En su juventud interpretó pequeños papeles en actos de variedades, pero más tarde descubrió que la incoherencia de sus diálogos causaba risa entre los espectadores y se fue por esa vía hasta lograr el éxito en el cine. Llegó a considerársele entre los tres mejores cómicos del mundo, junto al británico Charles Chaplin y el estadounidense Groucho Marx. La principal característica de Cantinflas era decir muy poco en muchas palabras; sin embargo, el actor, para desahogarse, dice la crítica, “empleaba en sus películas diálogos y situaciones en las cuales criticaba y hasta ridiculizaba a los poderosos mezquinos. Nunca lanzaba ofensas directas a nadie, pero sí suficientemente explícitas para que todos los culpables se dieran por aludidos”.
En 1956 “La vuelta al mundo en 80 días” (su primera actuación en inglés) permitió a Cantinflas ganar el Globo de Oro en la categoría de mejor actor en el género musical o de comedia. Por esa misma película David Niven fue el principal actor en las naciones de habla inglesa, mientras que Cantinflas lo fue en el resto de los países. En ese momento fue considerado el actor mejor pagado del mundo. La primera película de Cantinflas fue “No te engañes, corazón” (1936), pero su primer éxito lo consiguió con “Ahí está el detalle” (1940). Y así como el actor representó en sus inicios a un ‘pelao’ barrendero y borrachito, también interpretó papeles como boxeador, bailarín, lustrabotas, torero y político.
Pero, además de las películas cómicas y de muchísimas dramáticas y de vaqueros, nos deleitaban las bailarinas famosas de la época: María Antonieta Pons, Ninón Sevilla, Tongolele, Meche Barba, Rosa Carmina y Amalia Aguilar, entre otras. Conformaban un verdadero “ramillete de molinillos humanos” que hacía delirar a los cinéfilos de los años cuarenta hasta principio de los sesenta. ¡Qué recuerdos nos dejaron los cines de Santa Marta! Sobre todo, el Variedades, con su clientela fiel, aunque sin remordimientos a la hora de buscar películas de su agrado en las pantallas de La Morita, el Colonial, el Paraíso, el Popular, el Carioca… Pero el Variedades, con su Cantinflas como anzuelo, nunca fue destronado.
Recuerdo cuando en el Variedades se presentó por primera vez Daniel Santos, “El inquieto anacobero”. Por su amplísima trayectoria en la música del Caribe, “El Jefe”, como también era conocido, arrastraba muchedumbres que lo idolatraban. Los más entusiastas esa noche eran los marihuaneros. Convencidos de que el famoso cantante cargaba grandes pociones de la hierba en sus bolsillos, hacían todo lo posible por acercarse a la fulgurante estrella. Por eso nadie se sorprendió cuando del público salió una potente voz que, imperiosa pero casi suplicante, expresó el deseo de muchos que no se atrevían a tanto; una colilla de cigarrillo era suficiente: “¡Patrón, tíreme la chicharra!”, se escuchó por sobre el barullo que generaba la presencia del boricua.
Santa Marta poco a poco se fue poniendo a tono con el desarrollo urbanístico. Los cines formaron parte de los centros comerciales. El último golpe bajo sufrido por el Variedades le llegó con la creación del Centro histórico de la ciudad. Ahora, el espacio de la sala que tantas noches gratas nos brindó es un abandonado centro comercial que nunca funcionó. Pero…, agradecemos al antiguo cine todas las funciones que nos brindó con su “vespertina y noche, a las 6:15 y 9:15 de la noche”.