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Noche de brujas

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



En Colombia, se amplió Halloween este año, pues entre los días previos al pasado domingo de votaciones, los que le sucedieron, y aun en el instante en que escribo, se siguen echando las suertes electorales de los que, de uno y otro bando, mueren por vivir de la inacabable mama del Estado. Quién más, quién menos, eso lo sabrá un brujo (o una bruja, para eso de ser incluyentes). La cuestión es que el 29 de octubre, culmen de este proceso, se vio lo de siempre en las calles: los que reparten tarjetones marcados para que “vayas, lo deposites en la urna y me traigas el que te dieron en blanco”, como prueba de que la tarea quedó hecha, “y yo te pueda pagar”; los que toman las prohibidas fotos con el celular en la estructura de cartón para demostrarle al pagador que el voto quedó bien, según lo acordado; o simplemente los que retienen las cédulas de los que saben lo que deben hacer.

Historias viejas, pero no menos actuales. A tales deben sumárseles las trampas que se presentan en las mesas de votación al iniciar el cálculo de votos y el llenado de los formularios; o la quema con gasolina de las registradurías o del lugar de los escrutinios una vez se tiene certeza de que el candidato-inversionista va perdiendo, sin importar que haya personas adentro. Para cuando, en el primero de estos dos últimos casos, no se concretó el chanchullo en mesa, está el famoso chocorazo (misteriosa expresión de origen caribeño que es muy abarcativa), cuyo peligro de ocurrencia va desde los momentos posteriores al preconteo (palabreja que a no dudar vaticina un chocorazo) hasta el escrutinio definitivo. Así, casi que hay un crimen inducido en ese tiempo muerto de ley.

Abundan entre nosotros los cuentos de los pueblos que registraron al final más votantes que sus pobladores, por ejemplo; o los de aquellos grupos de personas en los villorrios que tenían, previamente, el número claro y completo de sus votos, de manera que no fuera posible dejar de identificarlos, y de los que, en últimas, no apareció ninguno porque el candidato rival ganó con el cien por ciento de los sufragios. Ahora bien, estas colombianidades no solo han pasado en comunidades pequeñas: recuérdense las elecciones presidenciales cuya cifra de preconteo era una antes de que se acallara a las emisoras, amaneciera y el resultado final fuera otro; días más tarde, el presidente en ejercicio mandaba a todo el mundo a dormir temprano, para así completar el silencio. 

Hechas las salvedades de rigor, el peor intento de hechicería visto en la extendida noche de brujas electoral del 29 va por cuenta del Gobierno: según sus múltiples, chillones voceros, ellos no perdieron nada porque ahora el Pacto Histórico tiene más cargos que antes, como si no hubieran participado en cada contienda relevante nacionalmente con la derrota subsecuente como resultado. Qué manera tan procaz de negar la realidad, propugnada por el mismo jefe de Estado al renunciar a hablar con seriedad. Es cierto que la mentira repetida y locutada sirve para obtener votos, especialmente cuando se está entre gente tan blanda que se deja “chocorear”, o “chocorazar”; pero, hombre, ya gobernando, ¿qué sentido tiene despreciar así a la opinión popular?, ¿cómo puede terminar esto?