Recuerdos de las bananeras

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com

Al pasar por la antigua Estación del Ferrocarril en Ciénaga, a primera vista se aprecia imponente la enorme y desatendida estatua broncínea de Rodrigo Arenas Betancur, "el negro del machete" que conmemora el fatídico episodio de la denominada Masacre de las Bananeras, afincado para siempre en la literatura mundial desde la célebre obra maestra de Gabo, Cien años de soledad, que describe con lujo de detalles la matanza en la que aparecen como testigos presenciales José Arcadio Segundo y su tío, el coronel Aureliano Buendía.

Desde luego, el capítulo de la novela puede ser entendido como fruto de la imaginación hiperbólica del autor con falta de rigor histórico como una autoconcedida licencia literaria, o también como una fiel descripción de los hechos basada en la realidad que incluso ha quedado corta, según la óptica con la que se le mire.

Los reclamos de los operarios del banano a la United Fruit Company (hoy, la cuestionada Chiquita Brands) y al gobierno hegemónico de entonces comienzan en 1918 en busca, según ellos, de que se les reconociera su condición de tales y, en consecuencia, poder disponer de las condiciones legales de trabajo.

Diez años más tarde, la situación seguía igual: la mayoría de los 25.000 obreros del banano estaban subcontratados y la respuesta del gobierno conservador de Miguel Abadía Méndez, dentro de un entorno de escasa legislación laboral, se traducía en amenazas después de una frustrada huelga en 1924. En el suceso de 1928, las primeras fricciones se generan entre trabajadores de la United y los subcontratistas, en la que además intervienen agentes del Estado a favor de la empresa y sus trabajadores.

Como resultado de un rumor que corrió la noche anterior a la masacre, se produce la movilización masiva de los operarios del banano para salir al encuentro del Gobernador del Magdalena, de quien se había anunciado su presencia al día siguiente en la Estación.

La inexplicada demora del funcionario exasperó los ánimos de todos, y es en ese punto en el que se causa el aciago y después difundido episodio (también narrado por "el nene" Cepeda en La casa grande) en el que se confunden historia y leyenda, que dio para que el país lo conociera a través del célebre caricaturista Ricardo Rendón, de las denuncias de Jorge Eliécer Gaitán en el Congreso, de las publicaciones de algunos valerosos cronistas y, desde luego, de la pluma y puño de Gabo y el Nene.

En relación con la masacre de las bananeras existen dos posiciones: una, que considera criminal la acción del Ejército, que tenía facultades especiales de conciliación concedidas al general Vargas Cortés (las que no habría usado), al disparar a mansalva sobre un nutrido pero inerme grupo de huelguistas bananeros, cayendo más de 3.000 personas cuyos cadáveres habrían sido llevados en vagones del ferrocarril para terminar arrojándolos al mar; la otra considera que hubo primero una agresión de los trabajadores a la Fuerza Pública azuzada por comunistas infiltrados y el Ejército actuó en defensa propia y que, incluso, hubo muy pocos muertos, 15 o 20, muchos menos de los que los que de manera tendenciosa muestran los libros y tratados.

El embajador de los Estados Unidos en Colombia, Jefferson Caffery, en un informe al Departamento de Estado, mencionó más de 1.000 muertos. Poco tiempo después, Jorge Eliécer Gaitán se luciría en una memorable defensa del comandante general Cortés Vargas y los todos acusados de la masacre; el "Negro", como le llamaban, logró la absolución de todos los acusados de la masacre.

Hoy, 83 años después, la verdad sigue embolatada y cada día interesa menos dilucidarla más allá de cualquier duda. Lo cierto es que sí hubo disparos oficiales y bastantes muertos. Cuantos, solo Dios sabe. Lo verdaderamente decepcionante es que, luego de tantos años y tantas luchas entre patronos y trabajadores, las cosas hayan cambiado tan poco. Aún a pesar de las lecciones que dejó este doloroso acontecimiento, el país sigue siendo feudal con ropajes de modernidad y democracia, como lo demuestra tozudamente la historia reciente.

Apostilla 1. Pocos han quedado satisfechos con el nuevo listado de patologías, medicamentos y procedimientos terapéuticos incluidos en el POS. Según representativos sectores académicos, hay serias inconsistencias que pueden llevar a importantes sobrecostos en beneficio de unos pocos. Es importante conocer cuáles fueron los criterios de la Cres para llegar a esas polémicas inclusiones, pero sobre todo, remediarlas de inmediato. ¿Ligerezas o intereses?

Apostilla 2. La transculturización que ha sufrido nuestro país se aprecia patente en las navidades. La dominante figura de papá Noel, surgida de la publicidad de la Coca-Cola hace relativamente poco tiempo, ha barrido de los hogares colombianos al tradicional pesebre, más cercano a nuestra cultura que el obeso personaje venido de la nieve. Hasta razón les habrá asistido a los ensayistas Dorfman y Mattelart, cuando se motivaron a publicar hace algunos años el polémico y censurado libro "Para leer al Pato Donald".

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