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El diluvio

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



*En el Macondo de Gabriel García Márquez, de buenas a primeras se largó un chubasco de cuatro años, once meses y dos días, que fue como el preludio de la ruina futura de esa población ficticia y viva, mágica y tenebrosa a un tiempo, ya a estas alturas por casi todos conocida, aun cuando sea de oídas; o de la cual sabemos lo suficiente porque, hablando en términos de la realidad, hemos estado de cuerpo presente en sus contornos al menos alguna vez, ahogándonos gustosamente en las sombras de su ardor intenso. Fogaje que es una especie de vaho húmedo diferente a otros tipos de calor, esos posiblemente ventosos, secos o incluso áridos; y que, con los siglos de los siglos, parece haberse transmutado en el temperamento melancólico de sus gentes de a pie: a veces callada, a veces conversadora, pero nunca vacía de exuberancia vital. Un mestizaje de los espíritus.  




Dicen los expertos que las lluvias masivas en el país irán hasta febrero del próximo año, lo que constituye un verdadero despropósito atmosférico y hace inevitable pensar en el cataclismo climático; especialmente en contextos como los que la humanidad ha venido enfrentando últimamente, desde los cuales los nigromantes pesimistas pueden medrar a través de la videncia del incierto porvenir: este perdió todo poder de presentirse tranquilo respecto de cuestiones colectivas. Sin ánimo de adorar falsos dioses, ciertamente es forzoso aceptar que no pudo elegir peor momento la naturaleza para imitar al diluvio de Cien años de soledad antes mencionado, pues todo indica que, después del malhadado virus, el mundo que hemos conocido no termina de reacomodarse. 

Pero más allá del infortunio, que deja personas sin hogar, cosechas perdidas, carreteras destrozadas por la montaña venida abajo, y muertes, muchas muertes, lo que termina de crispar los nervios es ver los noticieros de televisión, oír la radio, o leer los periódicos reportando los mismos hechos aciagos de 1985, 2003 o 2015: así de pobrísimo se revela el nivel técnico de la prevención de desastres naturales en Colombia. Hace diez años, la ley 1523 de 2012 definió a la gestión del riesgo de desastres como un “proceso social”; por este motivo, cualquiera podría pensar que desde ese momento se abrió la puerta para que en Colombia se tomara el control, dentro de las posibilidades, de la accidentada situación geográfica nacional, y entonces se destinaran recursos para educar a la población, preparar a las autoridades, y disponer de los medios necesarios para hacer lo que tocaba. 

A juzgar por las declaraciones del presidente Gustavo Petro de menos de un mes atrás sobre el tema, la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres, creada en 2011, es un desastre en sí misma a causa de su corruptela interna. El jefe de Estado se refirió en particular a que tenía pruebas de la existencia de “un cartel de contratistas” en esa entidad que depende, en la práctica, directamente de la Presidencia de la República; de modo que es dable asumir con fundamento que el mandatario sabe de lo que habla. Sería de esperar una reordenación seria de esta burocracia de “conocimiento, reducción y manejo del riesgo” en la que actualmente se hunde la vida de la gente.