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Los enfermos

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Por azares del destino, últimamente he sentido en carne propia lo que representa la enfermedad del cuerpo. Ello me ha servido para ver de cerca los estragos que los años causan en las personas, cuestión cotidiana e inevitable; pero, además, para percibir algunos de los efectos del dolor en las mentes de quienes lo padecen. En medio de mi propio asunto (catéter, pastillas, médicos que no se concentran ni escuchan, enfermeras gritonas, ridículas batas de abertura trasera que solo un mago puede cerrar por sí mismo, y, sobre todo, comida que no sabe a nada), me sobró tiempo para entender por qué algunas películas y libros de suspense están escenificados en hospitales de todo tipo: en su entraña nadie existe con certeza; en esos lugares de sanación, la vida no cuenta mucho.

Allí recordé en algún momento una autobiografía que leí hace años del ya fallecido escritor cartagenero Germán Espinosa, en la que relataba cómo, cuándo alguna vez estuvo en una clínica de Bogotá gravemente enfermo, logró escuchar desde la camilla en que se encontraba -en pleno pasillo atiborrado de emergencias- a los médicos tratantes discurrir acerca de que ojalá se muriera “ese hijueputa”, en referencia a él. Ignoro si tal inquina del noble agente de la salud era una cuestión de odios políticos (no sé si Espinosa era de izquierda, de derecha, o de algo), o simple rigor profesional de esa eminencia que hablaba. Contrario a lo esperado, pensar en esto no me atemorizó, aunque sí alimentó la fiebre por aliviarme cuanto antes y volver a la paz y sosiego de los juzgados.

Ver de cerca gente con enfermedades terminales hacer planes para mañana, como si nada; pillar al encargado de revisar el estado de cada paciente mirando a ver qué “epe-ese” responde por este cliente, y en qué términos contractuales, y, así, oír a dicho vendedor con guantes de látex aclimatar la entonación de sus palabras; soportar el baboso buen humor de los que tienen que curar, diríase por obligación, a los pobres que sufren en silencio. Es cierto: nada de esto debe resultar sorpresivo, ni siquiera en un país olvidado de Dios, pero cuando se dispone de ganas irrefrenables de arrancarse la “canalización” sedante de un puñetazo lateral a la inversa, y largarse del nosocomio a vivir la vida como si no se estuviera preso, todo ritualismo vano es enemigo. De ahí que sea válido detestar hasta el olor a alcohol antiséptico en los segundos previos a que una jeringa hipodérmica rompa la piel.

Ahora bien, la que mejor rescato hoy de entre tales remembranzas es la relativa al decreto que dictó en serio un alcalde de un pueblito montañoso del sur de Italia. Este gran gobernante -médico en ejercicio- hace unos años prohibió, a los habitantes de la villa bajo su mando, que se murieran. Desconozco, naturalmente, los motivos del acto administrativo, si él era pasible de ser controvertido en estrados, y si ello se hizo o no. Eso sí, en medio de una madrugada de las recientes, tuve la lucidez suficiente para explicarme por fin que, si la muerte está proscrita, los responsables de mantenerla afuera de las murallas de la ciudad podrían no tener más remedio que esforzarse para honrar su juramento, so pena de enfrentar contrición sobreviniente, sanción no por lenta menos cruel.