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Órsay

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Se cuenta que el offside (órsay, fuera de lugar o fuera de juego) fue instituido en el reglamento del fútbol con fines “organizativos”. Supongo que con ello se pretendió esencialmente reducir el ventajismo de ciertos equipos que calculaban ubicar a sus delanteros en peligrosa posición de ofensiva perenne, como se usa en las canchas sin árbitros (sin césped, sin líneas de cal). Disponer para el gol fácil a cuatro tipos que superaban en estatura o velocidad a unos dos defensas era un despropósito que resultaba inevitablemente aburridor; quizás por eso hubo que “organizar” la contienda, o sea, establecer algunas condiciones de modo que los ataques fueran válidos en términos de juego limpio, diríase de justicia. En adelante, si la cuestión era anotar, tuvieron que verse estrictos requisitos de métrica (dar la pelota al posible goleador antes de que, en su carrera, quedara adelantado –inhabilitado-) que, a su vez, implicaban el diseño previo de una estrategia de asalto.

En los años veinte del siglo XX, entonces, se definió implícitamente al balompié, gracias a dicha reglamentación, como una disciplina que lidiaba con la natural desigualdad entre los hombres; un deporte opuesto a la inequidad que la azarosa repartición de habilidades determinó al nacer; y, en paralelo, se hizo del fútbol un laboratorio del pensamiento militar que, automáticamente, dio en descartar a los desordenados respecto del protagonismo, puesto que de nada serviría en lo sucesivo correr más rápido o patear con más fuerza el cuero si no se observaban las limitaciones fijadas. Con el tiempo, fue inatajable, por supuesto, que el offside perdiera su carácter instrumental igualitario y mutara en lo que ha sido desde hace décadas: una legítima artimaña de contraofensiva pasiva.

Ante la norma que impidió convalidar goles surgidos a partir de pases emitidos cuando el receptor estaba en soledad frente al portero, sobrevino la necesidad del cuadro agresor de diseñar sus despliegues en función de no ser desactivado. Por su parte, en clave de repeler tales maniobras de ataque, los conjuntos replegados debieron de concluir que hacer caer al rival en el fuera de lugar, a propósito, era un recurso aceptable que no podía desperdiciarse. Así, un remedio normativo para que el “débil” se protegiera de las vivezas del “fuerte” terminó convirtiéndose en la oportunidad de aquel para destrozar a este. Los puristas de la esfera, habituales críticos del órsay, han dicho de todo: desde que se premia al anti-fútbol con tan mezquino incentivo (ya que las escuadras se hacen más tácticas y menos artísticas), hasta que con él se favorece la corrupción de los jueces, algo que –está visto, dicen- aparentemente ni el Video Assistant Referee, o VAR, puede corregir por completo.

Los pragmáticos, en cambio, suelen creer que, si el fútbol es en verdad semejante a la vida, ¿por qué no iba a ser respetable –incluso admirable- que un arma pensada en el amparo del que tiene menor fuerza goleadora sea usada en tanto que estratagema que le permita ganar partidos?: pues no es ningún secreto que al equipo que le señalan muchos offsides en contra no le espera nada bueno en el marcador final, y seguramente acabará perdiéndose en él. El debate es viejo, y actual.



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