Los de inmaculada concepción

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



La solitaria muerte de Diego Maradona desató en su contra ridículos asaltos postreros de odiadores mil que habitan el reciente planeta azul. Les representó, este silenciamiento estrepitoso, la oportunidad para desagraviarse por la feroz independencia del “villero” Maradona, declarada por él mismo a la televisión en blanco y negro de su país, apenas en condición de cebollita que maniobraba con la pelota en un descampado polvoriento.
Quería –le dijo hace cincuenta años a su entrevistador, el periodista Biondi, fallecido el lunes pasado- jugar en un mundial de fútbol y, acaso sueño más realista, salir campeón de la octava división del balompié argentino. Tal vez soñó demasiado alto, quizás ese fue el pecado que le tocó expiar durante lo que vino después de ganar la octava división, y la primera; luego de jugar su mundial, y ganarlo. Al niño soñador le cobraron inmisericordemente atreverse a tanto siendo poseedor de tan poco.

Así que el solaz por la partida de este héroe eventual, enfermo y –dicen- ya casi otra vez en declive hacia la escasez, no es sino el resultado de la verificación de una verdad no escrita en naciones como Argentina: si naciste pobre, y, pasado el tiempo, por alguna razón recibes mucha plata, aunque esta te venga a camionadas ni se te ocurra hacer lo que te dé la gana con tu existencia, importa poco si en tu frenesí realmente nunca dañas a nadie. Entonces, si ya eres Maradona, pasa que, señalamientos a un lado, obtienes más dinero, por ser sin remedio bueno en lo que haces, la gente te reconoce, no puede dejar de hablar de ti, te persigue a donde vayas; te emborrachas, te drogas, y todavía te alcanza para jugar eficientemente; rompes los límites y, estos, agazapados en la rutina, esperan mejor ocasión para quebrarte uno a uno los huesos.

Fue un ciclo sin cierre: Maradona le arrancaba a la cancha lo que después perdía por no ser un caballero disciplinado y correcto, serio, elocuente, político, madrugador. De manera que tenía que volver a la jaula de cal, de nuevo a desprenderse de la piel en pleno césped para que lo quisieran nuevamente. A Diego solían sacarle en cara asuntos que nada tenían que ver con tocar un balón o soportar zapatazos en la espinilla, la canilla y la pantorrilla; le aplaudían sus vivezas en el rectángulo de juego, mientras lo destruían por no dejar de ser el actor aplaudido, aunque solo estuviera intentando hacer cotidianidad, en su casa, con sus hijas y esposa, en la calle, en el supermercado, en un puesto de votación. A veces, era violento si lo importunaban, pero volvía a ser un muchacho juguetón si no se sentía utilizado: ¿alguien más se comporta de esa manera?

Hoy, que está muerto, comparecen los dueños de la moral a seguir matándolo. El mal de esta época, que no es el coronavirus, en todo su vulgar esplendor: los que nunca se han equivocado tienen ahora que atomizar la memoria de un hombre que buscó la paz a través de la pasión, y que, lógicamente, no lo logró. Llegó el momento de despreciar su ambición, de inventarle delitos a quien ya no se puede defender, de valerse de los dictados de su mente difusa expresados por su habla enredada del final. Adelante, señores del cadalso, avénganse con sus propios términos a costa de la negación de una vida que no tenía por qué ser ejemplar, solo vivida; y sépanlo: el niñito de 1970, el hombre de 1986, 1994 o 2010, ya está tranquilo. Nada lo puede lastimar.


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