¡Mueran los ancianos en favor de los jóvenes!

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Escrito por:

José Vanegas Mejía

José Vanegas Mejía

Columna: Acotaciones de los Viernes

e-mail: jose.vanegasmejia@yahoo.es



Comenzaba apenas la pandemia de coronavirus cuando se dispararon noticias alarmantes sobre esta tragedia universal. Se decía que en el desarrollo de la terrible peste ocurrirían hechos tenebrosos que no podíamos siquiera imaginar. Las mentes más enfebrecidas daban origen a ficciones que nada bueno auguraban y arrojaban sobre gran parte de la población mundial un vendaval de auténtica desesperanza. Aún hoy, después de varios meses de angustia, la incertidumbre sobre el futuro en vez de aplacarse se acrecienta cada día.

Se afirmaba que la pandemia era el resultado de estrategias bien planeadas para reducir sustancialmente la población mundial. En esto tendrían metidas las manos los grandes potentados del mundo, temerosos de que sus fortunas puedan verse comprometidas en el futuro. Como es natural, hipótesis tan universales como esa son desvirtuadas y todo queda en el plano de las especulaciones. Pero alguna sospecha permanece en la mente del común de la gente. ¿Y por qué no puede ser cierto?, se preguntan quienes escuchan las predicciones sobre catástrofes y se niegan a entender razones en contrario. En resumen, las dudas continúan gravitando sobre la masa popular y no terminarán sino cuando la pandemia se haya compadecido de nosotros, los indefensos mortales.

No falta quien considere que ya se ha puesto en práctica la inhumana selección de quiénes deben vivir y quiénes no. Ante la disyuntiva de atender médicamente a un joven o a un anciano, los centros de salud se deciden por salvar al que tenga por delante más larga expectativa de vida. Esa situación parece posible sobre todo en algunos países que han registrado centenares de víctimas mortales en un solo día –Italia, Francia, Ecuador, por ejemplo–. Que un paciente anciano no le quite la cama o el servicio de la vital UCI a un joven o a un niño, parecería ser la consigna que se estaba convirtiendo en vox populi. Pero si prestamos atención a ciertas voces autorizadas, nos damos cuenta de que la supuesta consigna tiene sus visos de posibilidad.

Veamos lo que piensan tres personajes destacados de la vida internacional. “Los abuelos deberían sacrificarse para salvar la economía y no paralizar al país norteamericano. Deben morir”. Esa es la opinión de Daniel Patrick, vicegobernador de Texas. Christine Legarde, expresidente del Fondo Monetario Internacional y actualmente gerente del Banco Central Europeo ha dicho: “Los ancianos viven demasiado y eso es un riesgo para la economía global”. Por último, el señor Tarō Asō, Ministro de Finanzas del Japón, formula una solicitud: “Pido a los ancianos que se den prisa en morir para que el Estado no tenga que pagar su atención”. Nos llama la atención un hecho curioso: Daniel Patrick y Christine Legarde tienen 64 años. Tarō Asō ya cumplió sus 80. ¿No será que están en mora de actuar en consecuencia? Predican pero no aplican, dirían los aficionados a los adagios.

A raíz de esas declaraciones, por las redes sociales circula un video en el cual un señor de apariencia respetable y notable compostura en sus modales se refiere a estos tres personajes con las siguientes palabras: “Pido perdón, presento excusas por lo que van a escuchar: Es una palabra gruesa pero castiza. Cervantes la utiliza tres veces en El Quijote de la Mancha. Con permiso de Cervantes y la venia de ustedes apelo a mi maravillosa lengua castellana para expresar el siguiente epílogo: ‘Usted, señor Dan Patrick; usted, señora Christine Legarde y usted, Tarō Asō, son unos soberanos y miserables hijos de puta’”.


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