La fiebre en las sábanas

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Los actos simbólicos de reivindicación social que, ya bienintencionados, ya desde el vandalismo, son promovidos en los Estados Unidos, no habrán de producir mayores efectos positivos en el largo plazo en términos de abolición de la esclavitud racista. Hablo del cacareado cambio de nombre del jarabe para torticas de sartén Aunt Jemima, a los ensayos violentos por derribar o decapitar las estatuas de Cristóbal Colón que adornan plazas y parques en el país del norte (en Europa, se agita especialmente la amenaza de derrocar las de reconocidos racistas, entre las que está la de Winston Churchill), y, por supuesto, a la muy comentada defenestración pública de Lo que el viento se llevó (la película, no sé qué vaya a pasarle a la novela: acaso próximamente la usen de yesca).

Ánimo transformador de bravata que empieza a saborearse aquí también, habida cuenta de la salida del mercado del pasabocas Beso de negra, de Nestlé, y a la eliminación del personaje comercial de Blanquita, la morena carismática del Límpido de Clorox. Seguramente, van a darse más casos de estos atolondrados propósitos de enmienda en cuerpo ajeno, pero puede anticiparse que ninguno de ellos beneficiará la densa causa de la igualdad real; a falta de mejor razón –que las hay-, porque la forma nunca ha superado en verdad al fondo en relación con la preeminencia de intereses, porque la realidad siempre se impone al final sobre la ordenación artificial de conductas individuales, porque, en esta época ridícula de la dictadura de la “corrección política”, ni siquiera la pandemia hará que la conciencia deje de ser lo que es a solas, o corregirá nada en las sociedades como por arte de magia.

¿Qué quiero decir, entonces?, ¿que el racismo está bien, o que es invencible, y que, por lo tanto, no queda cosa que oponerle, o que no vale la pena intentarlo? Pues no. Sin embargo, intuyo que los hechos, cosméticos o coléricos, de protesta o rectificación, de hoy en día, son equivalentes a que algún político avivato, por ejemplo, propusiera que a Colombia debe cambiársele la denominación por tratarse ella de homenaje de Simón Bolívar (inicialmente, de Francisco de Miranda) al genocida Cristóbal Colón, el navegante despiadado, cuya permanente evocación, confío, no haya decidido demasiado nuestro destino. Las transformaciones profundas de los pueblos rehúyen certeramente la palabrería barata de apariencia bonachona; y, así, corresponde lo contrario si lo que se quiere es ver a un hombre nuevo: construir, paso a paso, la estructura espiritual de su espontaneidad racional.

La historia abunda en muestras de que los quiebres de pensamiento colectivo se han dado solo cuando a la gente le ha parecido que se alcanzó cierto límite. La pregunta acerca de la segregación (en general, no únicamente respecto de las personas negras) es esa: ¿llegamos, de una buena vez, al punto de no retorno? Dicho de otra manera: ¿es el virus –y las desigualdades que apenas ahora tal hizo insoportables- el responsable de que la humanidad notara finalmente que este planeta es pura injusticia viviente? No lo creo. El supremacismo fundamental de los Estados aupados a costa de otros vistos menores étnicamente no cesará atacando lo obvio, eso que es, en últimas, superficial.


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