Resiliencia después del coronavirus

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Escrito por:

José Vanegas Mejía

José Vanegas Mejía

Columna: Acotaciones de los Viernes

e-mail: jose.vanegasmejia@yahoo.es



Hay palabras que se ponen de moda y se incrustan en el léxico de manera tan fuerte que los hablantes recurren a ellas aun sin conocer su significado.
No son términos inventados de la noche a la mañana; tampoco son arcaísmos que han resucitado después de muchos años de ostracismo lingüístico. Cuando escuché por primera vez, hace muchos años, la palabra “semántica”, me llamó la atención, como era normal para un niño de mi edad. Ese vocablo me pareció muy sonoro y, naturalmente, me interesé por conocer su significado. Más tarde, en el bachillerato, el término “trigonometría” me transportaba a un campo desconocido de la geometría y esperaba con ansiedad el momento en que apareciera en mi horario de clases esa asignatura poblada de ángulos con todas sus funciones y posibilidades. Poco después desapareció el misterio para nosotros los estudiantes y nos vimos rodeados de senos (ya nuestra edad lo requería) y cosenos, pero con la posibilidad siempre de salirnos por la tangente.

Otras palabras irrumpen en el léxico pero poco a poco pierden la fuerza original y son absorbidas por el habla común, que las utiliza en diversas actividades con una significación despojada de enigmas. En la docencia, por ejemplo, estuvo de moda la palabra “implementar”; no había inspector de educación que no especulara con ese vocablo: “Vamos a implementar esa idea”; “Ya todo está planificado; ahora solo falta implementarlo”. También en educación se abusó de la palabra “paradigma”. Los visitadores del Ministerio de Educación, con ínfulas de pontífices, retaban a los docentes de provincia con el ánimo de ridiculizarlos: “Usted, profesor, ¿qué entiende por paradigma?”. Cualquiera que fuese la respuesta del asustado maestro, el inspector no quedaba satisfecho. Entonces agregaba lo que consideraba necesario para definir correctamente el término ‘paradigma’.

Todo lo dicho hasta ahora no es sino un preámbulo para referirnos a la palabra “resiliencia”. El Diccionario de la lengua española (DLE) acoge el sustantivo “resiliencia” (no resilencia) y lo define como “capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos” o “capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido”. La palabra resiliencia nos viene a través del inglés resilience pero tiene su origen en el latín resiliens –entis, participio del verbo resilīre, que significa “saltar hacia atrás, rebotar, replegarse”. El adjetivo correspondiente es resiliente (no resilente).

El uso de la palabra “resiliencia” se ha disparado con ocasión de la pandemia de coronavirus que padecemos actualmente. Y es el término preciso para señalar lo que necesitaremos en el futuro inmediato: la humanidad tendrá que poner a prueba su capacidad de resiliencia en medio de esta crisis y cuando salgamos de ella.

Esta característica la hemos conocido aplicada al Ave fénix, de la mitología griega, propagada a través de siglos por historiadores como Herodoto y aun por representantes de la iglesia cristiana. Una de las leyendas del ave fénix dice que esta ave anidaba en el jardín del Paraíso. Cuando Adán y Eva fueron expulsados, de la espada del ángel que los desterró surgió una chispa que prendió el nido haciendo que el ave ardiera. Por ser el único ser que se había negado a probar la fruta prohibida, se le concedieron dones como el poder del fuego y la inmortalidad. El ave fénix renace de sus cenizas. Esa es la tarea que después de esta pandemia nos compromete a todos: lo que sigue a esta situación caótica no es otra cosa que la invención de un nuevo régimen de vida en todos los aspectos imaginables.


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