Fuego

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



La respuesta obvia a la pregunta que subyace en los inflamables Estados Unidos de estos días acaso podría ser que la imagen, las palabras, la presencia, el silencio y la ausencia, la simple voz superpuesta del presidente Donald Trump, tanto como la idea de la posible reelección suya dentro de escasos cinco meses, son la causa indirecta de la deflagración incineradora de monumentos, de historia, de historia patria y…
blanca (de un albo cuya refulgencia a no dudar deslumbra a todo el que así se lo permite en la nación norteña). Pues han dicho que el calor purifica. La quema de lo viejo, aunque no en función de lo nuevo, solo por el apremiante gozo de dar cuenta del pasado, se erige entonces en salida para el problema aún irresuelto que solamente exhibe el contorno desde su materialización a modo de cuestionamiento: ¿es Trump el culpable del racismo recrudecido?

Cierto es que el presidente Trump lamentó inicialmente, con asomos de una humanidad de otra de sus vidas, la terriblemente cruel muerte de George Floyd. Comportándose como un líder, demostró, merced a ello, extraña dignidad ante las gentes del común, negras, no negras. Luego, las protestas, e, igual que en Suramérica hace un semestre, las desviaciones del derecho a la protesta, o sea, la violencia, el saqueo, el pillaje; cosa frente a la cual Donald Trump jamás tendrá previsto operar al mismo grado de tolerancia (o de pasividad) que, digamos, el alcalde homosexual de Mineápolis, chispa de la ignición. De haberlo hecho, Donald no sería Donald. A él, en cambio, incumbió recordar que la ley sigue estando viva incluso si ella ya no protege ni la respiración de los débiles de corazón.

Es tarea ingrata. Sin embargo, ¿lo seguirá siendo cuando hacer ese ejercicio de gobierno en la memoria de otros está en cabeza de un hombre que no actúa bajo la convicción de la verdadera igualdad social, basada en la equivalencia existencial, sino a partir de la noción de permanencia de determinada paridad apenas parcial, de raza, tal que el acusado Derek Chauvin y asociados lo creen lícito? Sí, apuesto a que no deja de saber amargo repetir aquello que se siente falso, especialmente al estar en la búsqueda de persuasión acerca de que lo expresado posee algún sustento real. Trump, a decir verdad, no debe de interesarse en que la acción de los brutales policías mate o no a una persona negra, blanca o azul: a Trump lo que concierne es que nada descubra su siempre frágil poder político, siempre puesto a prueba. Lo del año electoral le es redundante, casi que anecdótico.

La escena no es un montaje. El presidente de los Estados Unidos y su familia corriendo a guarecerse de la turba amenazante en la Avenida Pensilvania. El presidente yendo a la iglesia destruida, parado en medio de la vía, Biblia en mano, vociferando a lo loco que el suyo es el mejor país del mundo, como convenciéndose en público. De una herida abierta borbotea tibia materia oscura; símil llaga blanca la imita, lentamente: esta teme a su propia profusión. La pandemia, las cuarentenas, el cansancio, las hambres. La reelección. La fingida sensibilidad del estadista. La sorda rodilla de un cobarde rompiéndote el cuello. Un crac, algo que detona. El fin de la incertidumbre. Combustión


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