La partida inesperada de un amigo

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Escrito por:

José Vanegas Mejía

José Vanegas Mejía

Columna: Acotaciones de los Viernes

e-mail: jose.vanegasmejia@yahoo.es



Arnaldo Cotes Córdoba ha fallecido. Inesperadamente y en el momento en que él y la vida por fin se coqueteaban. El 28 de este mes hubiese celebrado su cumpleaños; le faltaron dos semanas para ajustar sus sesenta y ocho abriles.

Arnaldo Cotes Córdoba fue una persona jovial, sincera, responsable a carta cabal. En su decurso vital debió sortear situaciones difíciles pero supo levantarse y retomar el camino. Una senda que en el campo profesional comenzó a recorrer con el tesón que por costumbre y convicción imprimía a sus acciones. La Universidad de Antioquia lo tuvo entre sus estudiantes y allí logró coronar el anhelo de su vida: convertirse en un comunicador social. Ya inmerso en la profesión que lo apasionaba, brindó sus servicios a medios periodísticos de su Santa Marta del alma; fue así como se vinculó a EL INFORMADOR, órgano en el que dejó su huella por muchos años y llegó a sentirse como en familia; no hay duda de que fue un escudero indispensable para la consecución de muchos logros en el campo de la política. Fiel a sus ideas, se desempeñó como Jefe de prensa de la alcaldía en los períodos correspondientes de Edgardo Vives y, sobre todo, en la administración de Alfonso Vives Campo.

La capacidad intelectual de Arnaldo Cotes Córdoba y su dominio del periodismo lo llevaron fuera de los linderos de nuestro departamento. Se convirtió en corresponsal del diario más importante del oriente colombiano: Vanguardia Liberal, de Bucaramanga. En este espacio de su vida laboral el periodista puso en práctica los conocimientos adquiridos en su amada Universidad de Antioquia, de la cual hablaba con entusiasmo cada vez que alguien estuviera dispuesto a escucharlo. Arnaldo Cotes fue, en verdad, un cronista, corrector de pruebas y editorialista en varios momentos de su vida periodística.

Por fuera del periodismo Arnaldo Cotes Córdoba vivió otra vida. Con grandes tropiezos pero dispuesto a enderezar sus pasos. Así fue como llegó al grupo informal que cada mañana departía en una cafetería de la ciudad y poco a poco sintió la necesidad de integrarse. Sin protocolos ni respeto al turno en el uso de la palabra ―costeños de pura cepa― hablábamos de todo. Sin embargo, privilegiamos siempre lo cultural; la altura en el lenguaje nunca estuvo ausente. Arnaldo era indispensable, muy solícito al momento del necesario refrigerio. Además, su “capacidad de aguante” nos permitía sonsacarlo antes de que él lo hiciera con nosotros. Por mi parte, lo vi reír muchas veces, como un chiquillo ingenuo, cada vez que lo tomé “de vuelta y media” en jocosos versos en los que él era el objeto de mis chanzas. “¡Profe, usted siempre con sus maricadas!”, era lo único que se le ocurría decir, pero solo después de guardar celosamente los pequeños seudopoemas. Los coleccionaba, yo lo sé.

Arnaldo Cotes Córdoba no pensó jamás que él sería el tema central y único de una de mis Acotaciones. La más sentida, pienso yo. Mucho menos sospechó que mis palabras serían para rendirle un homenaje póstumo. Pero así ha ocurrido.

Ya se marchó el amigo. Nos queda la satisfacción de que siempre supo del aprecio que le profesamos quienes formamos con él esa tertulia sin rígidos protocolos en la cafetería del Almacén Éxito de la avenida Campo Serrano. Los amigos se van, irremediablemente, y cada vez la mesa de la tertulia se torna más despejada, sin la chispa con la que el grupo aún sazona sus diálogos. Cuando pase esta pandemia, ¡cuánta falta nos vas a hacer, Bang Bang!


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