Un lento descenso a los infiernos

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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Con el paso de los días se van estableciendo las cosas. A modo de ejemplo, se sabe ya que el virus no se irá en cuestión de semanas, y que, a pesar de la carencia de consenso actual, es evidente que las medidas extremas en el planeta habrán de durar al menos unos tres meses, si se quiere que las muertes y contagios puedan expresarse a través de cifras decentes. Digamos, hasta acabarse junio. De manera que no, no se trata de un problema de solución automática, según la expectativa, del que saldremos cantando victoria, sino, con suerte, apenas andando. Es una crisis con todas las letras. Mayúsculas, sostenidas. También es claro con algo de certeza que la caída económica anticipada, en unas sociedades de consumos interdependientes (es decir, globalizadas), no será fácil de paliar, y que dicha contracción la sentirán todos los estamentos del globo. Ni hablar de Colombia.

Aquí, en la capital, ciudad acelerada y ruidosa, planicie fértil para las enfermedades mentales, del cuerpo y del alma (aun en situaciones normales), la existencia es de repente apacible. Verde y muda. El cielo se nubla la mayor parte del tiempo, y, cuando hay luz, ella es luminosa, no quemante; su amarilleo suele ofrecer cierta opacidad sosegada, puede que saludable. A veces llueve, y tal rumor que transparenta el aire inventa música con las cuerdas sutiles que he puesto a sonar en tono menor mientras escribo. Así el paisaje de la ventana tira a llevadero, a casi nada sombrío, lo que me fuerza a aceptar que la soledad de las calles adyacentes, del parquecito de abajo, de la vida misma, va con el ritmo de mi respiración y lo estimula. Es una crisis de verdad, decía, pero no hace falta repetirlo: los habitantes de la esfera entera lo saben, incluso quienes no quisieran tener que admitir saberlo.

Reviso los periódicos digitales cada dos por tres, costumbre que no sugiero a los propensos a la inminencia. El espectro de la opinión, en Colombia o en las ediciones de diarios extranjeros en nuestro idioma, y en otros, se ha partido en dos bandos: el de los optimistas, que creen que la Tierra cambiará después de esto, sin duda para mejor: se terminarán el capitalismo salvaje (y, afirman, el machismo que lo inspira), el egoísmo (ídem), la violencia, etc.; y el de los pesimistas, que prevén, con razonamientos indiscutibles desde la autoridad del miedo, aquello que vendrá durante el faltante de la pandemia y en sus momentos postreros, lo cual no forma un buen augurio. Está ahí, publicado: no hay que llover sobre mojado. Solo debe recordarse, al leerlo, que en la hora más incierta siempre viene bien practicar la moderación. Tarde o temprano, las aguas volverán a su cauce.

Parece, pues, que la exploración de las profundidades de este asunto recién ha comenzado. ¿Que el orbe cambiará al final de la peste y, entonces, crecerá la solidaridad? Seguro, por qué no. ¿Que ahora sí que se ha visto desnuda la íntima naturaleza de la globalización (gobernanza global, multilateralismo, ciudadanía del mundo y el resto de cuentos a los que Trump y Johnson ya venían haciendo la peineta), lo que, nomás en Europa, ha dejado solos a italianos y españoles? Seguro, por qué no. La realidad es que deberemos caernos juntos dentro de la caverna antes de volver a subir.


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