Ser refugiado es una desgracia mayor

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Escrito por:

José Vanegas Mejía

José Vanegas Mejía

Columna: Acotaciones de los Viernes

e-mail: jose.vanegasmejia@yahoo.es

Este año se cumplen setenta y cinco del final de la Segunda Guerra Mundial. Muchas obras literarias recogen episodios de esa tragedia universal, sobre todo del llamado ‘Holocausto judío’.
Hemos releído ‘Treblinka’, ‘Armagedón’ y otros libros menos conocidos, todos ellos impactantes incluso para lectores amparados por la trinchera del tiempo, la distancia y la esperanza de no vivir jamás hechos similares. En cierta ocasión visitamos en Besançon, Francia, el Musée de la Résistance et la Déportation, testimonio de los horrores de esa guerra. Son experiencias “en cuerpo ajeno”. Por eso nos causa estupor imaginar la desesperación y la angustia de quienes padecieron el naufragio de un vapor que transportaba refugiados alemanes un día invernal de 1945.

Se equivocan quienes piensan que el desastre del Titanic ha sido la mayor desgracia en la historia de la navegación en el mundo. El caso del barco Wilhelm Gustloff es sobrecogedor. Este buque fue construido para realizar viajes de placer, con capacidad para 1880 pasajeros. Durante la Segunda Guerra Mundial fue utilizado como barco hospital y no constituía amenaza alguna. Era la noche del 30 de enero de 1945, pleno invierno europeo. El trasatlántico había zarpado del puerto polaco de Gdynia, rebautizado como Gothemhafen por Hitler. No tenía buques de guerra como escolta y solo disponía de 12 lanchas salvavidas para socorrer, en caso de emergencia, a más de 10.000 pasajeros. Este aforo desproporcionado obedecía al afán de los refugiados por huir de la inminente llegada de los soviéticos a Polonia; con la esperanza de escapar de una muerte segura, más de 1.000.000 de ellos se dirigieron a Danzig y otros puertos en el Báltico. Se afirma que en el muelle de Gdynia la muchedumbre incontrolable subió como pudo al buque y por esa razón se estima que lo abordaron 10.582 personas, de las cuales fallecieron 9343. Entre los 8956 civiles se cuentan 4000 niños y 373 mujeres. Como consecuencia de los tres torpedos que lanzó el submarino ruso S 13 se ahogaron inmediatamente 2000 refugiados. El vapor se hundió una hora después del impacto. Durante los cuatro meses siguientes los submarinos soviéticos hundieron 23 buques más.

El desplazamiento del Wilhelm Gustloff con sus desventurados pasajeros hacía parte de la Operación Aníbal, que consistía en la retirada o evacuación de los refugiados de Prusia Oriental y el corredor polaco de 2.000.000 o 2.500.000 alemanes que huían. Para quienes se interesen por conocer mejor estas historias, en las cuales, según se afirma, murieron más de 30.000 refugiados alemanes, puede resultar interesante la lectura de la obra ‘A paso de cangrejo’, de Günter Grass, Nobel de literatura 1999.
Si comparamos el número de víctimas fatales que dejó el naufragio del Titanic con las registradas en el hundimiento del Wilhelm Gustloff, comprobamos que los 1514 fallecidos en el caso del Titanic se quedan cortos ante los más de 10.000 del barco torpedeado por los soviéticos. Estos relatos nos permiten pensar en todos los refugiados del mundo. Particularmente tenemos en la mente al poeta español Antonio Machado (“Caminante, no hay camino…”). Machado murió en 1939; huía del terror del régimen de Franco y falleció en Colliure, población francesa en la zona fronteriza.

La escritora Isabel Allende, en su libro ‘Largo pétalo de mar’, habla del Winnipeg, un vapor que cumplió la humanitaria labor de trasladar emigrantes desde la Europa en guerra hasta la hospitalaria tierra chilena. Pablo Neruda, en 1939, fue el ideólogo, patrocinador y auxiliador de miles de refugiados que padecieron esta arriesgada travesía. Los descendientes de aquellos desesperados pasajeros del Winnipeg son hoy ciudadanos chilenos, pero no olvidan que ser refugiados es una desgracia mayor.

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