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Monólogo

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Nunca me ha gustado usar la palabra “surreal”, a la que estimo un artificio de los petulantes para hacer notar que algo –o alguien- es considerado por ellos, los dueños de realidades fáciles, como de imposible existencia.
Yo no creo en imposibles, así que no quisiera decirla. Pero, debido a que los tiempos actuales son inéditos, acaso convenga que me adapte un poco al dramatismo imperante y me comporte con algo de impostada superioridad moral, al menos una vez. El caso es que surreal fue el viernes pasado en Bogotá. A eso de las cuatro de la tarde, cuando me dirigía andando hasta mi casa, tuve una premonición bastante limpia. Al ver gente caminando más rápido que de costumbre –irritados por tener que moverse, supuse-, vehículos utilitarios con el platón repleto de pasajeros espontáneos, las calles humedecidas de huérfanas goticas de agua (lo que, a propósito, se me pareció al sudor), reparé serenamente en el cielo duro de lluvia y en lo que podía pasar con él. Fue entonces cuando anticipé que la energía de ese aire negro habría de precipitarse necesariamente.
Una noche falsa se hizo de repente, como si nada. El día cedía por fin a los afanes de oscuridad, invocada sin usar palabras por parte de unos y de otros. El nerviosismo, debido a la sobreinformación electrónica, empezaba a emerger entre los que todavía se comunicaban con la voz en los andenes, sin percatarse de que eran espiados inocentemente por un servidor. Era inevitable que algo incierto sucediera; además, era en alguna medida previsible que aquello que pasara fuera como una deflagración: qué podía esperarse. Llegado el momento del anuncio del primer toque de queda en cuarenta y dos años en la capital de la República, tuve que hacer un enorme esfuerzo para reprimir a mi inmenso orgullo, que pugnaba por convencerme de que, ese día, sin pretenderlo, me había convertido en adivino. Afortunadamente, no resistí en vano. Una vez repuesto, me dije que no había mucho de prestidigitación –ni de inteligente- en haber entendido la cuestión tal cual este Gobierno.
A fin de cuentas, sacar el ejército a las calles es una tentación irresistible para quien no reconoce en los protestantes de estos días un interlocutor válido, y que, en su lugar, solo ve vándalos (también los hay, claro) en la calculada confusión. ¿Que ya inició la “conversación nacional”? Muy bien. Pues no creo que, como se planteó, tenga mayores efectos, y, en lugar de ello, vaticino que seguiremos dando vueltas en redondo. Este Gobierno es uno sin credibilidad que pregona las bondades de un diálogo social acomodado (y que patatín que patatán), mientras el presidente Iván Duque emite decretos inconsultos a la carrera y en secreto, la policía reprime incluso a las manifestaciones pacíficas, y el miedo se instiga por todos lados como respuesta vacía a los interrogantes de un pueblo harto, tanto como lo puede estar cuando le han mentido con inusitado descaro últimamente.
En lo que a mí respecta, rechazo todas las formas de violencia entre las personas. Y, así, me niego a ver que el único recurso para que se oiga a la muchedumbre sea el que resulta de la presión de las indeseables vías de hecho…; que, sin embargo, bien podrían evolucionar a fuente de derecho.


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