Y el hombre ahí…

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Al carecer de dotes adivinatorias, me es imposible establecer ahora si, al momento en que usted está leyendo esto, el coronel Gadafi ha sido derrocado o no. En principio, aunque he simpatizado con el progresismo practicado por el libio, eso no me interesa: una dictadura -creyéndoles a los noticieros- de derecha o de izquierda, para mí, es lo mismo: el quebrantamiento del orden de libertades y de derechos (humanos, en su mayor parte, por supuesto), sumado al consecuente desbarajuste social con vocación de permanencia en el tiempo que tal forma de gobierno trae consigo, configurándose así un espectáculo de masas realmente despreciable. No puedo estar de acuerdo con ninguna dictadura, entonces, porque considero que ese aborto de los pueblos, sea cual sea su color, repito, no es sólo algo ilegal, ilegítimo, terrorista, sino esencialmente inhumano.

Ahora bien, me pregunto, frente al sabroso banquete que los periodistas occidentales se están dando (gringos, británicos, etc., además de los, en este caso, hipócritas italianos, otrora invasores de Libia), los mismos que se creen conocedores de todo, moralistas del mundo, como si en sus países no pasara nada digno de mención; me pregunto, digo, si el gobierno de Gadafi, que empezó cuando el coronel tenía veintisiete años, y que ha sobrevivido por más de cuatro décadas, soportando la presión yanqui (hasta cuando ésta se reblandeció por obra y gracia del petróleo y del aforismo aquel de que "si no puedes con tu enemigo, únetele") , me pregunto, una y otra vez, con la tozudez que -lo admito- provee la ignorancia, si, en verdad, el actual gobierno libio es una dictadura o no. Porque, al fin y al cabo, ¿qué es una dictadura, qué es una democracia?, sobre todo, ¿qué es democracia, y qué no lo es?, y, ¿cuál de los dos sistemas, el demócrata o el dictatorial, supone una mayor o menor representatividad popular respecto del gobernante en cuestión?; o sea: ¿estamos todos seguros, queridos demócratas colombianos, adoradores de la institucionalidad, fanáticos de la ley, de que las elecciones, aunque sean compradas con caña, ofrecen una legitimidad necesariamente superior a la que genera una llamada dictadura en la que el líder nacional, sin perjuicio de una sublevación significativa, y muy a pesar de los hidrocarburísticos anhelos occidentales (de los occidentales de primera clase y, después, de sus históricos aunque no siempre gustosos adláteres: nosotros), no cae?

Y no caerá hasta que la gente que apoya a Gadafi deje de hacerlo. Que quede claro. La señora Clinton podrá mostrarle todos sus dientes al Coronel, usando de la sempiterna maquinaria de guerra gringa (¿quién es el "mad dog", realmente?), pero los hechos han demostrado que, si bien hay un descontento al interior de la sociedad libia, como el que hay, digamos, en México, en Rusia, en China, o, por decir algo, en Colombia, la cuestión decisiva es el real fundamento nacional que la gobernabilidad de Gadafi aún mantiene, tanto así, que, con el pasar de las horas y los días sin que "el dictador" caiga, ya los sabios analistas de Occidente han tenido que empezar a rectificar y a contar de nuevo: ahora las dolorosas e injustificadas pérdidas humanas producidas en la confrontación civil no ascienden a decenas de miles, como se vociferaba inicialmente, sino a unos cientos. En fin: si, por la decantación natural del pueblo libio, su líder debe irse, que así sea, pero que ello no se produzca por la inaceptable injerencia externa de los interesados de siempre.



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