Vocación suicida

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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com

Colombia entera, indignada en grado sumo por el intento de extraer petróleo cerca de la Sierra de la Macarena, ecosistema único en el mundo, logró que el gobierno central cancelara la infame resolución de la Anla,

que ponía en altísimo riesgo a Caño Cristales. Ya la protesta social había atajado similares pretensiones en el páramo de Santurbán. Increíble que la Anla, encargada precisamente de defender el medio ambiente, actúe en contradicción de su deber-ser. Menos mal, los recientes cambios de gabinete arrastraron al despistado director.

Son tantos los actos administrativos que van en contravía de la obligación estatal de defender la constitución y la ley, de proteger nuestro hábitat, o de la mínima intuición de resguardar tierra, aire y aguas, que cualquier persona se pregunta acerca de las razones para nombrar a ciertos funcionarios públicos, especialmente en sectores sensibles, como el ecoambiental, entre muchos otros.

No se comprenden las razones por las cuales se han concedido licencias ambientales a diestra y siniestra para explotación minera en áreas protegidas, o que se pretenda reducir su tamaño para atropellar selvas vírgenes y bosques tropicales o cuerpos de agua, sin pensar los daños irreversibles que ocasionan dichas actividades. Además del impacto ambiental real, debería agotarse debidamente todo el trámite, incluyendo a las comunidades presuntamente afectadas. En 2013, el entonces ministro de Minas y Energía, Federico Renjifo pretendió abrir la posibilidad de licencias “express”; el saliente director de la Anla, Fernando Iregui (el mismo del asunto Caño Cristales), será investigado por irregularidades en el llenado irregular de la represa del Quimbo, chocando contra el concepto emitido por la Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca. La intervención en la laguna de Fúquene dejará sólo 300 hectáreas de sus actuales 48 kilómetros cuadrados; ni hablar del deterioro casi que definitivo de la Ciénaga Grande, la desaparición inexorable de varios nevados colombianos, el secado de ríos, la contaminación de mares y lagunas, las frecuentes mortandades de peces, la desaparición de especies animales y vegetales, en fin…

¿Tenemos propensión de suicidas? Es absolutamente increíble que, siendo Colombia uno de los ecosistemas planetarios más variados pero también más sensibles por su única localización geográfica, nuestros gobiernos se empeñen en liquidarlo, solo por la plata. ¿Acaso beberemos petróleo, comeremos oro y respiraremos carbón? La inmisericorde expedición de licencias y la infame explotación mineral no solo ha liquidado muchísimos terrenos de vocación agropecuaria productiva que están acabando la necesidad de producción alimentaria nacional (hoy se importa un 28% de los alimentos que consumimos, según afirma Rafael Mejía, presidente de la SAC), sino también la producción de agua y la purificación del ambiente: la tala despiadada con fines legales o ilegales, la brutal aspersión de glifosato y unas cuantas barbaridades más. Después de la salida en falso del ministro Echeverry, y sin acabar de posesionarse, el nuevo ministro de Minas y Energía reemprende el tema del fracking para seguir destrozando lo que van dejando de país.

No bastó del desolador efecto del fenómeno del Niño, que casi nos lleva al racionamiento, ni la aridez de la Guajira causada por desviaciones de ríos en favor de la minería abierta. El ahorro que nos pidieron terminó en un camuflado pero abusivo aumento de tarifas energéticas, sin que los fondos destinados a ello aparecieran para paliar la situación.

El futuro del planeta está, claramente, en proteger la biodiversidad; en cuidar el aire, el agua, flora y fauna, los delicados ecosistemas, fomentar la biotecnología a partir de especies nativas, y no en seguir quemando combustibles fósiles, talando selvas o pavimentando las áreas verdes. El mundo tiene energía alternativa de sobra: solar, eólica, geotérmica. ¿Cuál es la razón para reventar al país en busca de recursos no renovables que tienen corto futuro? Ya muchos automóviles se mueven con electricidad, y hacia allá se orienta el futuro; acá, persisten chimeneas ambulantes que pasan tranquilamente las revisiones mecánicas. ¿Por qué competir en un mercado decadente a costa de nuestras riquezas? ¿Persistiremos con industrias muy contaminantes? El estado está obligado a proteger los ricos recursos naturales del país y apostarle a ser una enorme despensa de alimentos, un gran productor de agua y un pulmón del continente. Con esta clase de funcionarios, sus pensamientos y acciones, apuntamos a un suicidio colectivo inevitable. Hay que atajar a esos irresponsables.

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