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Escrito por:

José Vanegas Mejía

José Vanegas Mejía

Columna: Acotaciones de los Viernes

e-mail: jose.vanegasmejia@yahoo.es



En medio de tantas situaciones escabrosas en la vida colombiana, es refrescante buscar cobijo en temas de menos trascendencia que tal vez logren ponernos a salvo, por lo menos mientras leemos estas líneas. Saquémosle el cuerpo –por ahora– al posconflicto, a las travesuras de “el Niño”, a la insaciable rapacidad de los políticos y gobernantes, a la galopante corrupción, para hablar del cine mexicano, por ejemplo.

 

   En la programación de la TV por cable hay un canal llamado “De Película”. Es un oasis para los cinéfilos veteranos que tienen aún ánimo para reír y relajarse mientras disfrutan de películas mexicanas de antaño. Esas escenas transmiten la sensación de estar viendo por primera vez a los actores y actrices que dejaron huellas en la pantalla en décadas pasadas. Antonio Badú, Joaquín Pardavé, los hermanos Fernando, Andrés y Domingo Soler, alternando casi siempre con la inefable abuelita Sara García, son asiduos anfitriones en esas producciones en blanco y negro. También actúan, en el género dramático, David Silva, Arturo de Córdova, Carlos López Moctezuma y otros ‘duros’ de la justicia y de la investigación, cuando no están en los roles de avezados delincuentes. Las abuelas, apenas veían la imagen poco amistosa de Moctezuma, no tenían inconvenientes en gritarles toda clase de insultos, aunque este actor no fuese el villano en esa película. Una vez reproché a mi abuela porque el citado actor no hizo el papel de ‘malo’ y hasta terminó como cura del pequeño pueblo. Recibí una respuesta contundente: “¿Y tú crees que él va a cambiar de una película a otra?” ¡Pobre Moctezuma: su cara no lo ayudaba mucho! Nombres como Libertad Lamarque, Sofía Álvarez y Marga López eran sinónimo de mujeres castas, aplomadas y modelos a seguir en la vida hogareña. Por su parte, Jorge Negrete, Pedro Armendáriz, Luis Aguilar, Pedro Infante y Tony (después Antonio) Aguilar, tuvieron siempre sus adeptos e imitadores en toda Latinoamérica.

   El cine mexicano se inició en 1896 con la película muda “El presidente de la república paseando a caballo en el Bosque de Chapultepec”. La primera película sonora fue “Santa”, exhibida en 1932.  El período dorado del cine mexicano comenzó en 1936 con el estreno de la película “Allá en el rancho grande” y terminó en 1957, con la muerte de Pedro Infante. La Segunda Guerra Mundial favoreció el desarrollo vertiginoso de la industria cinematográfica de México, pues los Estados Unidos y muchos países de Europa estuvieron muy atareados con problemas de supervivencia.

   El uso del idioma español en las películas mexicanas fue una de las razones de su éxito y extensa difusión por la América hispanohablante; tener que leer los parlamentos que aparecían en la pantalla era un impedimento para gran número de espectadores. Los cómicos y comediantes son numerosos en el cine mexicano, comenzando por el mejor y más famoso: Mario Moreno, ‘Cantinflas’. Pero en cuanto a las películas con ‘rumberas’, el libreto escrito en las caderas de esas danzarinas de fuego era prenda de garantía para llenar los cines. Llama la atención el hecho de que estas bailarinas no eran mexicanas. Llegaron al país azteca para triunfar en el cine y en los grandes cabarets de esos años. Los papeles que representaban casi siempre tenían el mismo tema: historia de una chica humilde, de provincia, que llegaba a la ciudad y era ‘devorada’ por la maldad imperante en la urbe; al quedar desamparada, estaba condenada a bailar para triunfar. Con caderas como las de María Antonieta Pons, Ninón Sevilla, ‘Tongolele’, Meche Barba y Rosa Carmina, ¿quién podía exigir buenos temas y mejores libretos?

 



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