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Los vestigios

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Vi una gran película española el otro día: La isla mínima. Ganadora de una decena de los Premios Goya de este año, se constituye en un prodigio de tensión y engaño que toma como base la realidad inmediatamente posterior a la dictadura de Franco para sumergirse en el suspenso que atrapa de verdad, sin necesidad de recurrir a la narración de una historia demasiado dilatada.

Me llamó la atención sobremanera un detalle: la presencia de un personaje de suma adaptabilidad, que, tanto con la llegada de la democracia al país ibérico, como en la etapa previa de ausencia de garantías, pudo sobrevivir haciendo por igual lo que mejor sabía hacer: abusar de la fuerza pública que representaba. No obstante -y aquí lo paradójico-, su coraje, decisión, e incluso valor ante circunstancias de presión iban a la par de su astucia y diligencia; sin duda, estas eran las claves de su supervivencia e indemnidad. Fue inevitable la comparación con Colombia.

Ciertamente, con el arribo de los vientos democráticos a España, desde finales de los años setenta del siglo pasado, no han debido de ser pocos los agentes estatales que mantenían vivo al régimen franquista que habrán podido camuflarse en la vida comunitaria como si de ciudadanos ejemplares se hubiera tratado desde siempre. Y eso, ¿qué tiene que ver con Colombia si aquí no hay dictadura? Bueno, no la hay, es cierto, al menos no formalmente. Pero abundan los casos de impunidad respecto de representantes del Estado que jamás fueron procesados por sus hechos de todos estos años; y lo que es más: sobran historias de ese talante que harían palidecer de ingenuidad a la trama del filme a que me he referido. Si esta injusticia general nunca pudo corregirse en España, ¿por qué habríamos de esperar razonablemente mejores resultados aquí?

La verdad es que habrá que hacerse a la idea: convivir durante mucho tiempo, después de firmado el acuerdo de paz con las Farc, con elementos de ambos espectros en contienda que nunca serán penalizados, en el sentido tradicional. La impunidad, la inequidad, no son ningunos ideales para construir una sociedad, porque -entre muchas otras razones- la repetición de las mismas conductas delictivas podría estar asegurada por parte de los mismos sujetos. De nada sirve negar ese riesgo. Sin embargo, la cadena consecuencial de violencias debe romperse en algún momento, y ese es el precio que tendrá que pagarse, uno alto y difícil de aceptar: muchos victimarios seguirán por ahí como si nada, e incluso progresarán en la vida, y serán felices (?).

Aun en el mejor de los escenarios de posconflicto el país tardará mucho tiempo para quemar esa etapa, en la que previsiblemente no se verán resultados instantáneos en términos de reconciliación social. Ni siquiera España la ha terminado todavía, con sus incontables muertos en fosas comunes cavadas ya desde antes de 1936. Así, el verdadero desarrollo colombiano fundado en la paz vendrá después de idos los vestigios de la ausencia de justicia, incluso los nuevos que dejarán inevitablemente los mismos fantasmas del pasado que nunca serán ni siquiera identificados.



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