Músicos agresivos

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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com



La lectura de un buen libro es una comunión entre escritor y lector, la interpretación del pensamiento del autor a través de la escritura detallada y organizada. En una obra de buena estructura y desarrollo, el todo es muchísimo más que la suma de sus partes. Harold Bloom, crítico estadounidense, dice que "uno lee porque la proximidad que llegamos a sentir con los autores es proximidad con nosotros mismos".

 

De hecho, uno escoge lecturas que alimentan conocimiento y espíritu, afines a nuestra formación y estructura de pensamiento. Es pragmatismo que, según el mismo Bloom, nos permite aprender a disfrutar nuestra propia compañía. La literata británica Virginia Woolf en 1925 escribió un ensayo, "Como debería leerse un libro", en el que advierte: "el único consejo que una persona puede darle a otra sobre la lectura es que no acepte consejos, que siga su propio instinto, que utilice su sentido común, que llegue a sus propias conclusiones". Schopenhauer coincide con Woolf en que hay que pensar con cerebro ajeno, meterse en el pensamiento del autor. De una obra, recibir el entendimiento es la primera parte; la siguiente es hacerse un juicio de ello.

Dicho esto, comento me entronicé en la lectura de la última obra del ilustre pediatra y referente cultural samario, Orlando Alarcón Montero: "Músicos agresivos". Tuve la fortuna de conocer de primera mano esa obra durante la corrección realizada por Mireya de Pacific y, ahora, en su edición inicial, de la mano de su autor. Abordar este libro es, mediante el conocimiento médico y la erudición musical del autor, tomar un sendero que nos introduce en la mente de muchos músicos de todas las épocas, entenderlos en su entorno y dinámica sicoafectiva, y comprender sus respuestas emocionales y físicas: agresividad, vehemencia, irascibilidad, insania, cólera, arrebatos emocionales y demás réplicas emergen con amena cadencia musical en sus páginas, describiendo a intérpretes, autores y directores desde los más conocidos hasta otros menos famosos. Así, en cortas y deliciosas narraciones, encontramos el uxoricidio y homicidio perpetrados por el noble Carlo Gesualdo debido a la infidelidad de su prima María D´Avalos, a quien encontró con su amante Fabrizio Caraffa; el intento de suicidio de Veraccini luego de una encerrona musical; la bipolaridad de Lully, quien halla la muerte en un ataque de ira al golpearse un pie con un pesado bastón; la reyerta del temperamental Bach -que lo manifiesta en sus obras- a espada y garrote con sus alumnos por su crítica despiadada hacia uno de ellos; las agresiones de Haendel a Corelli y a Matheson; la iracundia de Mozart con las orquestas que le desagradaban; la terrible mordacidad de Gioachino Rossini; el nacionalismo fanático de Richard Wagner, su odio por los judíos-compartido con otros músicos-, y su reconocida influencia en Hitler. En respuesta, el compositor alemán fue blanco de crítica de colegas como Stravinsky, Milhaud, Strauss y Offenbach.

Pero los músicos se enfrentan: Bach ridiculizaba a Vivaldi, mientras que en la "Historia de la música", Betenel lo excluye deliberadamente; Spohr, lengua brava, descalificó la Quinta Sinfonía de Beethoven y la ópera "Oberon" de Weber, y destruyó inmisericordemente "La favorita" de Donizetti. En el libro aparecen los cruces de críticas entre grandes músicos, de las que no escapan los grandes genios: los epítetos empleados para ofender al rival van en contravía de la calidad musical. Las historias protagonizadas por los críticos musicales merecieron un capítulo aparte: el checo Eduardo Hanslick fue especialmente implacable, igual que Bernard Shaw, Giuseppe Sarti, Max Graf o Schneider: saetas envenenadas en forma de destructivos gracejos lanzados a diestra y siniestra. El final del libro nos lleva a buscar un entendimiento de la relación entre la música, el cerebro y la agresividad; analiza la forma en que las ondas sonoras llegan a ciertas áreas cerebrales específicas donde son procesadas e interpretadas, y su interacción con las emociones; el efecto de los neurotransmisores, hormonas y enzimas cuando llegan los estímulos musicales. De músico, poeta y loco, todos tenemos un poco, según el popular refranero. Este libro intenta dilucidarlo: "el límite entre el desorden de la personalidad y la demencia puede ser difícil de establecer; los diagnósticos precipitados pueden ser deplorables", escribe el autor. Se trata, queridos lectores, de una obra erudita de placentera lectura al alcance de todos. Merece leerla.

Por: Hernando Pacific Gnecco Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.



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