Crónica desde el río Magdalena Una travesía llena de realidades más que de sorpresas

Distrito
Tamaño Letra
  • Smaller Small Medium Big Bigger

Texto y fotos: Mario Ibarra Monroy

No es tan común observar paradojas tangibles en medio de lo que uno cree conocer. Por ejemplo: admirar las bellezas naturales mientras se adentra a la propia pobreza rural, incontrolable y sumisa al olvido, hace parte de la realidad en el Magdalena, una tierra capaz de sonreír y sentirse orgullosa ante la ausencia de lo que realmente requiere.

Y para muestra los pueblos asentados a las orillas del río Magdalena o enclavados en el complejo lagunar de la Ciénaga Grande; la gran mayoría de ellos destacados en los libros de historia patria, por las proezas de Simón Bolívar, quien despojó a capa y espada el dominio español de las zonas ribereñas, y otros por las peculiares costumbres de sus gentes que los han hecho atractivos para el resto del mundo.

Cada poblado guarda una relación común: cuentan con los más hermosos paisajes y el más cálido trato de sus gentes, pero con las mismas lamentaciones propias la vida provincial contemporánea en la Región Caribe.

Es difícil para el visitante casual separar dos sentimientos en una misma visión: ver las bondades de la naturaleza expuestas 360 grados y a la vez observar el confinamiento al que están inmersos quienes por ancestros tomaron la decisión de vivir entre la civilización y el modo casi endémico que los caracteriza.

Quien quiera tener esa experiencia sólo le basta visitar el municipio de Sitionuevo y sus pueblos palafíticos. Llegar allí a través del ancho río Magdalena y luego de pisar el departamento del Atlántico, por Sabanagrande, encontrará simplemente el contacto directo del hombre el entorno natural, teniendo como gran referente el contaminado caudal a punto de desembocar en Bocas de Cenizas.

Esta descripción demuestra esa especie de híbrido hombre-naturaleza, conectados desde quien sabe que siglo antes de Cristo: una mujer desesperada con su bebé en brazos por el calor agobiante mientras espera la salida de la embarcación que la conducirá un caserío ciénaga adentro. El chorro de sudor que caía por la frente de la infante ardiéndole los ojos, le otorgó la oportunidad de refrescarle así sea por única vez, tanta sofocación. Tomando con su mano izquierda un poco de agua del gran río, empapándola el rostro a la pequeña y caso resuelto.

En una casa vecina, de esas que parecen desmoronarse pero se niegan a hacerlo ante una inundación, un chiquillo religiosamente se dispone a enjugarse la boca y cepillarse los dientes, sin temor a que contraiga bacterias peores que la caries, recoge agua en un pocillo de peltre en del mismísimo Magdalena, cuando segundos antes un pañal desechable, arrojado en un punto de los 1.540 kilómetros de su recorrido, flotaba siguiendo las órdenes de los otros millones de desperdicios que lo acompañan hasta el Océano Atlántico.

"Ya tenemos coraza para eso", decía una y otra vez un habitante del lugar. A su sabiduría impuesta por el regocijo de haber nacido allí, explicó que después de tantas diarreas como fueran necesarias antes de cumplir los cinco años, ya después las personas se acostumbran al agua del río ¿mito? o más bien una realidad poco recomendada.

Arranca la travesía rumbo a los palafitos

El paso singular de un bote monomotor por los laberínticos caños que fluyen hasta las ciénagas, anticipa una aventura sideral para los curiosos y un rutinario calvario para los residentes que comparten cupo en las incómodas bancas asoleadas en todo el trayecto. Para pisar, o flotar más bien, en territorio palafítico, hay que sortear primero las corrientes traicioneras del Magdalena, con sus llamativos remolinos y los numerosos ramales que bordean el gran cauce.

Los estragos de las inundaciones levantan comentarios de vecinos y amigos a bordo de la Johnson, acerca de quienes perdieron todo, pero al igual se encuentran resignados a correr la misma suerte a medida que continúe el invierno.

De pronto nos adentramos al primer recoveco, el caño de las aguas negras; el cauce ha aumentado sin piedad, pero es aprovechado por quienes derivan el sustento diario de la pesca. En las nuevas orillas formadas por los desbordamientos, maestros de la atarraya esperan el momento propicio para desenvainar el rollo enmuñecado con curricán. "Ahora con las lluvias hay más pescao", dice un anciano pasajero, mientras observa como sacan del riachuelo un montón de maleza revuelta con bocachicos, loras y chivos.

Dos horas de un sol de lluvia avisa que la jornada no será tan fácil, la piel se enrojece y la humedad acelera el fastidio acalorante de estar navegando. Los movimientos de la embarcación varían, algunas veces las propias corrientes desvían el curso, haciendo vaivenes que causan risas nerviosas en quienes por años han estado habituados. A lado y lado en las orillas gritos de desconocidos jornaleros, pescadores o ganaderos, se escuchan para saludar a quienes transitan, una tradición que genera confianza y a la que hay que responder.

El aviso de que nos acercamos a las ciénagas lo dan los primeros mangles. El agua ya pierde fuerza y el movimiento del bote guiado por su propietario es mejor. Algunos se levantan a ejercitar las piernas y sus traseros acalambrados, van tres horas y aún se divisa la meta.

Para tomar el último tramo se toma otro estrecho caño, plagado de plantas acuáticas y sedimentado, por lo que estancarse es casi inevitable. Allí no se respeta pinta, todos a bajarse para empujar la nave, hasta las mujeres si el caso lo amerita; del trabajo coordinado de un improvisado equipo depende celebrar la llegada al destino, de lo contrario horas de condena en aguas medio heladas y a merced de las extrañas especies submarinas que merodean entre la espesa maleza lugareña.

Aparecer en el primer palafito es motivo de alegría, es una travesía que ven a diario y que siempre encuentran una nueva escena que comentar a las caras conocidas. Sin embargo a quienes les cuesta por primera vez enfrentarse a este agreste paseo, esperan no se vuelva a repetir, a lo que aparece de nuevo la ininterrumpida frase del orgulloso miembro de la localidad: "Ya tenemos coraza para eso".