Martes Santo, ¡Un amor traicionado y negado!

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En los preliminares de la Pascua, la primera lectura de la liturgia de hoy se toma del segundo canto del siervo del Señor. En él se expone la misión que el siervo ha recibido de Dios ya desde el seno materno: proclamar la palabra del Señor, reunir a los supervivientes de Israel y ser luz de las naciones para que la salvación de Dios alcance hasta el último confín de la tierra. Tarea de salvación universal que Cristo realizará en plenitud.

 

El pasaje evangélico de hoy, con el anuncio de la traición de Judas y de la futura negación de Pedro, se sitúa en los preliminares de la celebración de la Cena Pascual, Jesús está reunido con sus discípulos.

 

Acabado el lavatorio de los pies y no sin estremecimiento, pasa a anunciarles la traición de uno de ellos. La perplejidad invade al grupo. El discípulo amado, Juan, por indicación de Pedro, pregunta al maestro quién es. “Aquel a quien yo dé este trozo de pan untado. Y untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote. Detrás del pan entró en él Satanás”.

Aquel ofrecimiento del pan hecho por Jesús a Judas no dejaba de ser un signo de distinción, como invitándole a rectificar sus planes homicidas y rehacer una amistad rota por su ambición y resentimiento.

Todo fue inútil. Judas rechazó definitivamente el amor de Jesús. Entonces, Cristo le dijo: “Lo que has de hacer, hazlo enseguida”.

Cuando salió Judas de la sala era de noche, anota el evangelista con intención simbólica. El traidor es un ejemplo de las tinieblas sobre las que ha brillado la luz en vano, según dice el prólogo de san Juan.

Judas es el que ama las tinieblas más que la luz, porque sus obras eran malas. Ha llegado la noche predicha por Jesús (Jn 9,4), la del poder de las tinieblas (Lc 22,53). Pero la larga noche que entonces se abatió sobre la tierra tendrá su aurora en el primer día de la semana, en la mañana de la resurrección.

La cruz y la gloria

Cuando Judas marchó, añadió Jesús: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él”.

El evangelista Juan se refiere siempre a la muerte de Jesús en términos de glorificación: hasta 23 veces en su evangelio, por 9 en Lucas y Mateo y una solamente en Marcos. La muerte de Cristo encierra ya su gloriosa resurrección; por eso revierte también en gloria del Padre.

La teología de la cruz y de la gloria van unidas, como expone el apóstol Pablo en su himno cristológico de la carta a los Filipenses y que se ha leído el Domingo de Ramos.

Reflexión del Día

Dos hombres que fallan: Judas y Pedro, pero su pecado tiene origen diverso: en uno es la avaricia que odia, en otro la debilidad que ama. Y su final es muy distinto: Judas desespera, Pedro se arrepiente. Naturalmente, el que amaba conocía a Jesús mejor que el que odiaba.

Ni el plan traidor de Judas ni la generosidad impetuosa y fallida de Pedro influirán en el designio que está ya marcado por el Padre y aceptado por Jesús.

Él había dicho: "Por eso me ama mi Padre: porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente" (Jn 10,17). Y en la cena comentó: "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (15,13). Ésa es la misión de Jesús y del cristiano: amor que da vida a los demás.

Los apóstoles no entendieron del todo a qué se refería Jesús con su glorificación, pero algo sobrecogedor sospechaban cuando Pedro le pregunta: "Señor, ¿a dónde vas?... Daré mi vida por ti. Jesús le contestó: ¿Conque darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces".

Los discípulos no pueden seguir a Jesús en su camino hacia la muerte; no están preparados todavía. El silencio se espesa. Cristo puede ya comenzar su discurso de despedida.

Para Jesús, Judas sigue siendo el amigo al que brinda un último gesto de predilección, la última provocación de amor: le ofrece con infinita delicadeza un bocado del mismo pan que él come.

Para cada uno de nosotros, que llevamos dentro las tinieblas de Judas, las frágiles corazonadas de Pedro y el amor de Juan, Jesús sigue ofreciéndose a sí mismo.

Cuando con sinceridad contemplamos nuestro propio misterio, nuestra pequeñez y grandeza, intuimos que Jesús es el Amigo que no cesa de atraernos con vínculos de bondad; aunque lo neguemos, el permanece siempre fiel, porque no puede negarse a sí mismo.

Es necesario que nuestro corazón se convierta en sacramento del suyo y que ninguno de nuestros hermanos pueda lamentarse de no haber encontrado en nosotros su ternura, entonces disminuirán el dolor y la sombra que se proyectan sobre el rostro del amor.

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