El Miércoles Santo marca el final de la Cuaresma y da inicio a la Pascua

En el miércoles santo, también se conmemora el Día de la Traición de Judas a Jesús, al venderlo por 30 monedas de plata.

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El Miércoles Santo es un día de purificación y preparación para recibir la Pascua, dado que hoy se recuerda el día de la traición y la ‘última cena’ de Jesús con sus apóstoles.

El Miércoles Santo tiene una gran importancia dentro de la Semana Santa, pues representa el final de la Cuaresma y el inicio de la Pascua, considerada como la fiesta central del cristianismo y el primer día de luto en la Iglesia Católica.

En el miércoles santo, también se conmemora el Día de la Traición de Judas a Jesús, al venderlo por 30 monedas de plata, porque según la historia, se recuerda el momento en el que Iscariote, uno de los doce apóstoles, se reunió para vender al hijo del creador con el Sanedrín, el tribunal religioso judío, que tenía el plan de matar a Jesús.

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De esta manera, el Miércoles Santo es un día de purificación y preparación para recibir la Pascua, dado que hoy se recuerda el día de la traición y la ‘última cena’ de Jesús con sus apóstoles, antes de entregarse en sacrificio de todos los pecadores.

El evangelio de Mateo nos indica que, tras no poder vivir con la culpa de haber entregado a Jesús, Judas no pudo soportar la tristeza y se ahorcó.

En un principio, el Miércoles Santo fue el día determinado por la Iglesia para el ayuno; sin embargo, con el tiempo y la aparición de costumbres gastronómicas que se celebran solo durante esta semana, el ayuno ha perdido arraigo y ha pasado para el Viernes Santo, día en que Jesús muere en la cruz y, en conmemoración, no se come carne.

Tradicionalmente, el Miércoles Santo la Iglesia recuerda la traición de Judas. ¡Qué lejanos quedan en el alma de este apóstol, que se apresta a traicionar a Jesús, los primeros encuentros con quien había considerado el Mesías! También Judas Iscariote había sido elegido personalmente por Cristo. Podía haber sido tan feliz como los demás, junto a Jesús, y haberse convertido en una de las columnas de la Iglesia. Sin embargo, opta por vender, a precio de esclavo, a quien todo le daba. Y Dios ha querido que la Sagrada Escritura no silenciara esta realidad.

El trágico desenlace tiene lugar en la Última Cena, cuando Jesús se ve asaltado por la angustia de la cercana pasión y el desgarrón del abandono de las personas amadas. «Cuando estaban cenando, dijo: En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar» (Mt 16,21). Los otros once apóstoles, con la experiencia de su rudeza y una gran confianza en las palabras de Cristo, exclaman sorprendidos: «¿Acaso soy yo, Señor? Pero él respondió: –El que moja la mano conmigo en el plato, ése me va a entregar. Ciertamente el Hijo del Hombre se va, según está escrito sobre él; pero ¡ay de aquel hombre por quien es entregado el Hijo del Hombre! Más le valdría a ese hombre no haber nacido. Tomando la palabra Judas, el que iba a entregarlo, dijo: –¿Acaso soy yo, Rabbí? –Tú lo has dicho –le respondió» (Mt 16, 22-25).

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No sabemos si Judas miró alguna otra vez a los ojos a Jesús. En ellos habría descubierto que no existía rencor ni enfado. Cristo, su amigo, seguía mirándole con la misma ilusión con que lo había llamado unos años antes para que fuera apóstol, para que estuviera con él. “¿Qué podemos hacer ante un Dios que nos sirvió hasta experimentar la traición y el abandono? Podemos no traicionar aquello para lo que hemos sido creados, no abandonar lo que de verdad importa. Estamos en el mundo para amarlo a él y a los demás. El resto pasa, el amor permanece”


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