Un encuentro con Jesús

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Jesús entra en Jericó, la ciudad de las palmas, un oasis en medio del desierto, la ciudad del pecado, a 27 kilómetros de Jerusalén, la ciudad de Dios y mientras camina se encuentra con un personaje bastante particular de nombre Zaqueo, este nombre ya es un problema, pues significa "puro" y él es considerado por la gente de su pueblo el más impuro, es el jefe de los publicanos, y él seguramente también lo siente así en su corazón.

Este pequeño hombre parece impulsado sólo por la curiosidad al encaramarse sobre el sicómoro, quiere ver el rostro de Jesús... Pero sucede algo más, hay inquietud, un cierto desasosiego o quizá inconformidad en su corazón... Pero allí está Jesús, el Príncipe de la Paz, el que da La Paz verdadera para calmar su inquietud. A veces, el encuentro de Dios con el hombre tiene también la apariencia de la casualidad.

La multitud termina presentándose como un obstáculo, no le permiten ver a Jesús, es necesario separarse de una multitud que acompañan a Jesús, pero que estorba, para poder entrar en contacto con Jesús, podemos descubrir en esa multitud un grupo de personas que caminan con Jesús pero que no son discípulos; tantos cristianos vivimos así... vamos siempre con Jesús, pero no vivimos como bautizados, Zaqueo sube al árbol.

Zaqueo quiere ver a Jesús pero sin que Jesús lo vea, el árbol Sicómoro es un árbol con muchas hojas, permite ver sin ser visto y lo que sucede es que Jesús lo ve primero. Jesús lo mira y le dice: "baja rápido" Jesús tiene afán, el afán de los enamorados y Él espera que también así sean nuestras respuestas, dadas con agilidad, con prontitud, baja pronto...

Jesús quiere entrar en la casa de Zaqueo, casa que representa su historia, su vida, su alma, eso mismo quiere de ti, Jesús quiere entrar en tu casa y ¿qué es lo que sucede cuando Jesús entra en la casa de alguien? Zaqueo le recibió con gozo, su vida se llena de alegría, su corazón se llena de la paz que tanto anhelaba.

Todo lo que le sucede a Zaqueo es asombroso. Si en un determinado momento no se hubiera producido la «sorpresa» de la mirada de Cristo, quizás hubiera permanecido como un espectador mudo de su paso por las calles de Jericó.

Jesús habría pasado al lado, pero no dentro de su vida. Él mismo no sospechaba que la curiosidad, que lo llevó a un gesto tan singular, era ya fruto de una misericordia previa, que lo atraía y pronto le transformaría en lo íntimo del corazón. Esa transformación no es algo solo producto de un entusiasmo vacío, sino que lo lleva a la conversión, abre sus ojos, es capaz de ver y por eso ve a los pobres y se compromete con ellos porque la felicidad no se alcanza acumulando sino donando, haciendo justicia y restituyendo lo robado. Así llega la salvación a Zaqueo, así llega Jesús a la vida de Zaqueo.

Le pedimos a Santa María que nos conceda a nosotros, sus hijos, la gracia de responder a Cristo con la misma rapidez, espontaneidad, y alegría, con la que le recibió Zaqueo, que nuestro Señor, nos conceda la gracia de recibir su Santísimo Cuerpo y Sangre, su Alma y su Divinidad todopoderosa tanto, en nuestro cuerpo, como en nuestra alma, y que los frutos de nuestras buenas obras, puedan dar testimonio de que lo recibimos dignamente, con una fe plena, y un propósito estable de vida buena. Entonces Dios,... nos dirá, como le dijo a Zaqueo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa».

Columna: Para vivir mejor

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