La reflexión litúrgica resalta la unidad en la fe, la presencia permanente de Cristo resucitado y el profundo significado del bautismo como participación en su muerte y resurrección.
Oración colecta
“Oh Dios, que has reunido a diversos pueblos en tu nombre, concede a quienes han renacido en el bautismo vivir con una misma fe y caridad. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.”
Dios, que une a los pueblos en su nombre, concede a los bautizados compartir una sola fe y vivir en amor.
Cristo no abandona a su pueblo; tras su Resurrección, continúa guiando el camino diario hacia la santidad.
Como Buen Pastor, sale al encuentro de sus discípulos, les muestra sus heridas y les ayuda a comprender el sentido de su muerte y resurrección.
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De las Catequesis de Jerusalén
El bautismo se presenta como un signo visible de la Pasión de Cristo.
Los bautizados son conducidos a la fuente como Cristo al sepulcro, participando simbólicamente en ese misterio.
La profesión de fe y la triple inmersión representan los tres días de Cristo en la tumba.
La experiencia de sumergirse y salir del agua simboliza pasar de la oscuridad a la luz, de la muerte a la vida.
Así, el bautismo une en un mismo instante el morir al pecado y el renacer a una nueva vida.
Aunque no se vive físicamente la muerte y resurrección, se participa de ellas de forma simbólica y real en la salvación.
Cristo sufrió, murió y resucitó, y ese misterio se ofrece gratuitamente a los creyentes para su redención.
Su amor se manifiesta en que, sin padecer dolor, el ser humano recibe la salvación gracias a su sacrificio.
El bautismo no solo perdona pecados, sino que otorga el Espíritu Santo y une al creyente a la muerte y resurrección de Cristo.