En una democracia madura, este debería ser el momento de mayor claridad: las propuestas sobre la mesa, los candidatos confrontando ideas y los ciudadanos con suficientes elementos para decidir quién está realmente preparado para conducir el país en los próximos años.
Pero en Colombia ocurre algo distinto. La campaña avanza, sí, pero la discusión de fondo y la verdadera elección sigue sin arrancar, y eso resulta cada vez más evidente.
Aunque finalmente comenzaron a aparecer algunas encuestas y ya pasaron escenarios políticos y sociales de alta exposición como el Festival de la Leyenda Vallenata, el debate serio continúa ausente. Las mediciones han servido para mover estrategias, alimentar titulares y acelerar alianzas, pero todavía no logran traducirse en una conversación profunda sobre el rumbo del país.
No por falta de candidatos ni por ausencia de intención. De hecho, varios aspirantes han manifestado públicamente su disposición a debatir. El problema está en algo más básico y preocupante: no logran ponerse de acuerdo en cómo hacerlo.
Formatos, moderadores, tiempos, condiciones, escenarios. Todo se discute, nada se concreta. Y mientras los equipos políticos negocian las reglas del juego, el país sigue esperando saber qué proponen nuestros candidatos en materia de empleo, reforma pensional, política de seguridad, sistema de salud, acceso a la educación, agro, estabilidad institucional e inversión.
Sin debates, la campaña termina moviéndose en terreno blando. Y en ese escenario, gana protagonismo lo que sí se puede controlar fácilmente: la imagen, la narrativa y la puesta en escena, porque el verdadero problema de esta campaña no ha sido la falta de exposición, ha sido la falta de profundidad.
En contraste, lo que sí ha crecido de manera evidente es el despliegue publicitario y el espectáculo político. Tarimas bien producidas, discursos diseñados para el aplauso, producción audiovisual permanente, pauta en televisión, presencia masiva en redes sociales, una explosión de vallas en el espacio público que ya domina ciudades y carreteras, y concentraciones masivas que muchas veces dejan más preguntas que certezas sobre su verdadera espontaneidad y, sobre todo, sobre su financiación.
No es un asunto menor; es un asunto de confianza pública. Porque cuando la política se convierte en una competencia de quién llena más plazas, quién tiene más cámaras o quién logra la mejor foto, el debate serio empieza a perder espacio. Y gobernar un país no se resuelve en una tarima.
La política no puede reducirse a una batalla de percepción. Gobernar un país exige criterio, conocimiento técnico, capacidad de decisión y visión de largo plazo.
Porque mientras abundan las fotos, las caravanas, los conciertos, los slogans y las puestas en escena, el país productivo sigue esperando definiciones claras. ¿Cómo se recuperará la confianza inversionista? ¿Qué pasará con la seguridad? ¿Cómo se fortalecerá el empleo formal? ¿Qué garantías habrá para emprendedores, empresarios y trabajadores? ¿Cómo se estabilizarán las finanzas públicas?
Esas respuestas no pueden quedarse en segundo plano diluyéndose entre aplausos y estrategias de marketing político, especialmente en un momento donde empresarios, jóvenes, emprendedores y trabajadores necesitan mucho más que discursos emocionales: necesitan dirección, reglas claras y certezas.
Pero elegir presidente exige algo más: exige profundidad y exige claridad. Y, sobre todo, exige que el verdadero proceso de elección empiece de una vez.
Colombia no necesita menos política; necesita mejor política. Necesita candidatos capaces de salir del libreto, debatir de verdad y asumir posiciones claras incluso cuando resulten incómodas. Necesita campañas menos obsesionadas con la imagen y más comprometidas con las soluciones.
Porque al final, un presidente no se elige por la mejor foto, ni por la tarima más grande, ni por el aplauso más fuerte. Se elige por la capacidad de tomar decisiones difíciles, de sostenerlas con seriedad y de responderle a un país que ya no aguanta más improvisación, polarización y narrativa vacía.
Colombia necesita menos espectáculo y más visión. Menos cálculo político y más liderazgo. Menos campaña para las redes y más conversación de fondo.
Y esa, más que una expectativa, debería ser hoy la verdadera exigencia de los colombianos.
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