La seriedad y complejidad del momento que vive el país ha desencadenado una guerra de nervios, que con demasiada frecuencia se traduce en agresividad y ofensa. Cada cual convencido de que su candidato es el gallo que puede derrotar al heredero de Petro.
Todos los días salen encuestas que anuncian que el uno o la otra lideran en segunda vuelta. Ataques mutuos de ambos bandos, colocando en duda la idoneidad profesional o moral del otro. Unos jurando y perjurando que no votarán por candidato distinto al suyo en segunda vuelta. ¿Y si no hay segunda vuelta?
En esta guerra el único que gana es Cepeda, quien probablemente estará disfrutando como se destruyen mutuamente. Le están haciendo el trabajo que él no podría hacer porque es un pésimo candidato. Flaco favor se le hace al país, al desenfocar las campañas que ya no están concentradas en promover sus planteamientos y ganar adeptos. Por ahí no es.
Veo incluso familias y amigos donde el tema político los está dividiendo, y palomistas y tigristas casi que ni se hablan, a menos que sea para atacar y ofender. Ánimos muy exasperados. Uno no persuade a nadie con agresión ni ofensas. Entiendo que esto sucede por la desesperación y el miedo de que gane Cepeda. Pero, a estas alturas ya todos saben por quién votarán y no hay nada que se diga o haga para que esto cambie. El único bloque que supuestamente es persuadible en estos momentos es el independiente. Digo supuestamente porque yo no creo totalmente el pensamiento de que estos “independientes” están abiertos a ser persuadidos por los mejores argumentos. Los seres humanos no funcionamos así. Nos gusta creer y decir que tomamos decisiones racional y lógicamente, cuando la realidad es muy otra. Creo, que esos “independientes” ya también tomaron su decisión, simplemente no son conscientes de ello.
La suerte de la primera vuelta ya está echada, y tendría que suceder algo dramático para que el curso previsible sea alterado. Solo queda que los votos se hagan efectivos y sean contados. Que la suerte esté echada no quiere decir que sepamos hoy cuál será el resultado. Así las cosas, desarmemos los ánimos, hablemos bien de nuestro candidato sin denigrar del competidor, y con respecto a Cepeda, enfaticemos los contrastes. Este último ha participado en política y en la vida pública colombiana por un largo tiempo, y hay suficiente material para ayudar a que el votante lo juzgue adecuadamente. El pasado de Cepeda, las causas que ha defendido y a quienes ha defendido y de quienes se ha rodeado, deberían ser suficientes para decirle a la gente como sería su presidencia.
Un debate público sería útil, no porque cambie algo necesariamente, sino porque puede servir para reafirmar a los votantes en su elección. Pocas veces, los debates cambian la trayectoria de la carrera, pero ha sucedido; intuyo que esta es la razón por la cual Cepeda elude el debate. Hoy se siente vulnerable y por esto dijo que quiere debatir, pero puso tantas condiciones, para que no fuera posible. Ya dijo que no. Sabe que un debate abierto donde se permitan contra preguntas, es de alto riesgo para él. No debatir lo está debilitando, pero a su vez, un mal debate podría ser el beso de la muerte; especialmente cuando sabe que su pasado, justa o injustamente, lo hace muy vulnerable. Adicionalmente, el formato no se presta para que le explique al país con claridad meridiana, si es que tal cosa es posible, algunas de sus actuaciones públicas. Especialmente debatiendo con dos formidables oponentes curtidos en retórica y argumentación. Debate de toche y guayaba madura.
Soseguémonos y demos tiempo al tiempo. No vale la pena pelear con la familia y amigos por política.
Columna de Opinión
e-mail: vivesg@yahoo.com