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La Navidad, a pesar de todo (Cuento)

Columnas de Opinión
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Escrito por:

José Vanegas Mejía

José Vanegas Mejía

Columna: Acotaciones de los Viernes

e-mail: jose.vanegasmejia@yahoo.es



Sentados en la Gran Piedra que servía de límite sur a la bahía, el pequeño Arnaldo y su abuelo encontraron el momento que buscaban para enfrentar abiertamente sus recuerdos. Faltaba muy poco para que se ahogara en el océano la bola incandescente que tanto calor les había dado durante el día. Ahora, era una inmensa naranja que comenzaba a ser engullida por las eternas aguas. Un largo camino brillante, como alfombra de fuego mojado, iba de la Gran Piedra hasta el inmenso disco que se precipitaba en las insaciables fauces del monstruo marino.

     Arnaldo rompió el silencio. Tenía inquietudes que debía resolver antes de que ese veinticuatro de diciembre se convirtiera en un ayer y cada vez se tornara más lejano.

—Abuelo —dijo mientras acariciaba las temblorosas manos del anciano—. ¿Por qué debo creer que no existe el Niño Dios?

     El viejo, sorprendido por la pregunta, no tuvo tiempo para reponerse antes de que su nieto continuara con su interrogatorio.

   —¿Acaso tú y mis padres no creyeron en el Niño cuando tenían mi edad?

   —No es eso, Arnaldo. Es que ahora las cosas han cambiado mucho. Debes saber que tu papá es quien te compra los juguetes en la Navidad. Ya no hay Niño Dios, mucho menos Santa Claus y muchísimo menos Papá Noel. Esas mentiras que te decíamos, a ti y a tus hermanitos, les causan mucho daño a los niños.

   —No estoy de acuerdo contigo, abuelo. Ustedes sí pudieron vivir en un mundo feliz cuando fueron niños. Ahora son egoístas y nos niegan las cosas buenas que somos capaces de crear a nuestra edad. ¿Por qué no podemos vivir contentos rodeados de lo que inventemos?

   —No comprendes, Arnaldo. La realidad nos golpea cada día. No es posible la inocencia en este mundo lleno de problemas. Qué más quisiera yo que brindarte un paraíso donde pudieses inventar todo lo que te regale tu imaginación…

   —No es justo, abuelo. ¡No es justo! ¿Acaso mis padres y tú han sufrido por haber sido inocentes cuando eran niños? Ya de grandes, se encontraron con la crudeza de la vida. Pero antes, en la infancia, no tuvieron que pensar en las desgracias que hoy vemos por todas partes.

   —Nunca vas a entender, pequeño.

   —No, abuelo. Esta mañana la profesora nos leyó la historia maravillosa de un niño. Él decía que los que no entienden nada son los adultos, y que somos los niños quienes tenemos que explicarles todo.

   —Sí, Arnaldo; sin duda se trata de ‘El Principito’. Pero la ciencia y la tecnología no dejan espacio para ver a un Niño Dios entregando juguetes a los niños. ¡La fantasía se acabó!

   —La fantasía se acabó para los grandes. Los niños tenemos derecho a disfrutar de un mundo hecho por nosotros y para nosotros. Más tarde, con el tiempo, ustedes nos dejarán la violencia, el odio y el rencor. Nos meterán a la fuerza en el desastre que han creado para nosotros. Pero mientras tanto, abuelo, queremos vivir la época feliz de la Navidad. Hoy el sol se ha ocultado; pero mañana me sorprenderá con un juguete que, para mí, lo traerá el Niño Dios.

     El anciano, antes de levantarse de la Gran Piedra, reflexionó sobre la enseñanza que su nieto le había dado, precisamente la víspera del día mágico para los niños. Sin poder evitarlo, se sintió culpable por el desastre que los adultos han preparado con mucho esmero para la infancia a lo largo de la humanidad. Pensó por un instante en los niños arrebatados a la vida en los territorios llamados irónicamente “Tierra santa”. Sintió pena propia y ajena. Tomó de la mano a su nieto y regresaron a casa.

     El niño se sentía triunfador, con su inquebrantable fe fortalecida. El anciano, por su parte, sabía que el día siguiente, desde muy temprano tendría que soportar la algarabía que el Niño Dios dejaría entre sus pequeños nietos, porque, a pesar de todo, la Visita Mágica llegaría a su casa una vez más.



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