El man de a pie en cuarentena

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Escrito por:

Ricardo Villa Sánchez

Ricardo Villa Sánchez

Columna: Punto de Vista

e-mail: rvisan@gmail.com



Si no trabaja, no come. Esta es la triste realidad del man de a pie, que ni siquiera es un ciudadano, como escribí, hace algún tiempo. No se si era un reflejo en un espejo, o un sentimiento, o, tan sólo, un breve momento. No sabría si siempre fue así, o vamos de mal en peor.

Ahora cuando nos vemos las caras grises, frente a lo que está ocurriendo en el mundo. Cuando es posible que, así sea de refilón, nos haya impactado la pandemia, parece lejos, como en otra vida, recordar que tan sólo hace un año, nuestros hijos iban al colegio, había movimiento en las calles, la gente caminaba con la frente en alto, soñábamos con un porvenir, nos dábamos abrazos, hasta protestábamos en las calles, también avanzaba la idea de dejar a un lado el plástico de un solo uso, hasta el discurso sobre el cambio climático y la transición hacia las energías limpias, calaba entre la gente. Nos veíamos las caras; con esperanza, nos estrechábamos las manos.

Todo esto se echó al lastre con lo que ahora llaman, la nueva realidad, la tercera modernidad del control social post pandemia. Cuando un estornudo involuntario, se volvió un insulto. El sueño erótico del fascismo, con el paraguas de este coronavirus que no es ningún cuento chino.

Y allí está el man de a pie, con las manos dentro de los bolsillos vacíos, en la hora boba del medio día, con un mondadientes, hurgándose las encías, para que crean que ya había almorzado. El man de a pie que, sin vergüenza alguna, le toca hacer lo que sea, para llevar un plato de comida a la mesa. Que se le volvió una nueva carga pagar la cuenta de internet o un plan de datos, que ya le debe una vela a cada santo, que no contesta llamadas, que no le entra dinero, pero, aun así, las cuentas siguen llegando. Que se le congeló la vida, por el temor al contagio, así la vida siga, como si nada. El que se olvidó de la pobreza oculta, o más bien, ya la visibiliza. El que le tocó reinventarse, para no morirse de hambre.

El man de a pie, endeudado con el nuevo esclavismo de los bancos y la letra escarlata de las centrales de riesgo. Viendo cómo al sistema le va bien, cuando a todos nos va mal. El que ve próximo el éxodo masivo de nacionales, como ya pasó con los hermanos venezolanos, mientras piensa cada día, en la odisea de atravesar el charco, a buscar un mejor futuro. Como, seguro, así lo pensarán, los más de 60 millones de habitantes del mundo que según el Banco Mundial, sólo en este fatídico año bisiesto, caerán en la extrema pobreza o las más de 1500 millones de personas que viven en pobreza multidimensional en el planeta y el 7% del PIB mundial que, según el PNUD, caerá en el 2020, el año de la pandemia.

El man de a pie, al que como a muchos otros, le tocó cerrar su negocio, para emplearse en cualquier cosa, perdió su trabajo o no le renovaron su contrato basura, se le acabó el colchón, o que, sin ser una elección, se oxida en vida con el paro, cuando ningún día es diferente, en una rutina circular, que pone a volar la mente con pesimismo, impide el contacto personal, y no deja más opción que el rebusque diario. El perverso año 2020, que agravó la crisis que ya se veía venir y que nos dejó sin más oportunidades que las migajas que nos toquen.
La pregunta es, ¿Cuándo todo esto pase, qué hará el man de a pie?


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