Un día de clase

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“Para quienes nos sentimos maestros  todo estudiante hace parte de nuestras vidas” Daniel Herrera Restrepo.

 Todos los días iniciaban muy temprano con un café negro caliente y cerrero iniciaba el día, me ponía la corbata le enviaba un mensaje a mi mamá y caminaba hasta el colegio, allí veía a mis estudiantes me disfrutaba las clases.

Reíamos, leíamos, escribíamos… compartía con ellos la vida.  Entre una clase, una asesoría, charlas de corredor y alguna lectura de algún poeta traspapelado se pasaba el día.  Ya voy a cumplir un año sin ver a mis estudiantes.

La pandemia de un momento a otro nos mandó para la casa quitándonos los mejor del colegio el descanso o popular recreo y los amigos.  los niños los más afectados, nos encerramos junto con ellos a inventarnos algo que nunca habíamos hecho. Hoy con grandes incertidumbres sobre lo que viene. 

Las combinaciones y apuestas siempre bien intencionadas han hecho hoy de las apuestas de los profesores verdaderos héroes y casi magos, el homeschool, las llamadas, las clases por whatsapp, videollamadas, el zoom y la elaboración de guías ahora son el común denominador del mundo de la educación.

Ya en casa la realidad de la educación cambio, no todos los niños de Colombia tienen conexión a internet y alguien en casa que los acompañe en su proceso de formación, la escuela no se puede cambiar de un día para otro en un computador y miles de voces en off.

Según dato del MinTic la meta del plan de desarrollo es que al 2022 más del 70 % de la población colombiana tenga acceso a internet, hoy estamos muy lejos de esa meta. Nos hace falta conectar a más de 23, 8 millones de colombianos de estos la mayoría se ubican entre el estrato 1 y 2 y en las zonas rurales o lejanas del país.

La imagen romántica y muy alejada de la realidad de un niño con  la última tecnología y conectado recibiendo una clase en videollamada sin fallas de sonido y video no es más que un mito y la realidad de muy pocos. La mayoría de los niños ya no entienden las dinámicas de clase, han perdido habilidades sociales y otros se pierden entre las angustias de sus familias por el desempleo (recordemos que el año 2020 el desempleo llego cifras no vistas desde  1995) y una infancia diluida en clases de estudiantes y profesores sin rostros en medio de una pandemia.

La educación hoy más que nunca nos obliga a pensarnos para qué y cómo lo hacemos. Hoy lo que conocemos como educación tradicional ha dejado de lado las artes y los oficios y no busca la felicidad o la pasión de los niños, esta última quizá porque la educación es una víctima más de la realidad sórdida del afán del día a día.

El problema es mucho más complejo de lo que he descrito, la contratación de los profesores, la formación, el no acceso a internet, bibliotecas y demás, la educación superior es otro tema, con clases de 40 estudiantes conectados a un zoom y la academia desconectada de la realidad.

Con la llegada de las vacunas parece que se abre una puerta al retorno y lo que en Colombia han llamado la alternancia, habrá que ver la forma y cómo la escuela responde a la necesidad de una educación para el siglo XXI, donde la alegría, la pasión y la felicidad de los niños y niñas sea el centro.

Finalmente recordemos que en nuestro país la educación es un derecho fundamental, homenaje gigante a los miles de maestros que garantizan este derecho de la manera que sea a los cientos de miles de niños que siguen sus vidas en la zonas rurales, alejadas y no conectadas del país.

Son guías, visitas a las veredas, mensajes de whatsapp en cualquier momento o más de 40 llamadas al día enseñado el trinomio cuadrado perfecto, como ha hecho mi papá.

Columna: opinión email: alejandrorangelsalamanca@gmail.com

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