La Sala de Exposiciones de la Biblioteca Cajamag inauguró una retrospectiva del fotógrafo empírico Raúl Guillermo Martínez Ceballos, un archivo visual de más de 50 años que recorre la historia, la cultura y los territorios del Magdalena Grande.
La Sala de Exposiciones de la Biblioteca Cajamag abrió sus puertas a una retrospectiva que es más que una muestra: es el recorrido de una vida dedicada a mirar, registrar y conservar.
El protagonista es Raúl Guillermo Martínez Ceballos, un fotógrafo empírico que, sin títulos ni academia, construyó durante más de cinco décadas uno de los archivos visuales más sensibles del Magdalena.
La exposición, titulada “La fotografía recuerda lo que la mente olvida”, propone un viaje directo por Santa Marta y su región. No es una colección ordenada por técnica, es una historia contada desde la intuición.
El lente que nació en cas
La historia de este fotógrafo aficionado empieza mucho antes de cualquier exposición.
Nació al final de la Segunda Guerra Mundial, creció en el barrio Cundí y descubrió la fotografía viendo a su padre manejar una cámara de fuelle, de rollo, en blanco y negro. Allí comenzó todo: en lo doméstico, en lo cercano, en lo que se tiene a la mano.
“Desde pequeño veía cómo mi padre tomaba fotos… algunas de esas están aquí”, cuenta.
Su formación no fue técnica, pero sí profundamente observadora. En la Universidad Nacional, mientras estudiaba Antropología, encontró en la fotografía una herramienta para registrar el mundo. De esa época nacen imágenes que hoy son documento: la pesca en Taganga en 1970, comunidades religiosas en el interior del país, escenas que ya no existen como entonces.
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Un archivo que cuenta la región
Lo que empezó como retratos familiares se transformó en un archivo que hoy dialoga con la historia de toda una región.
La exposición reúne imágenes de comunidades, paisajes, prácticas culturales y personajes que han marcado el rumbo social y político de Santa Marta. Cada fotografía tiene un peso documental, pero también emocional.
Su lente llegó a la Sierra Nevada, entendida por los pueblos indígenas como la “Montaña Sagrada, Corazón del Mundo”. Allí registró la vida cotidiana de comunidades como los kogui, arhuacos, wiwas y chimilas, captando rituales, oficios y relaciones con la naturaleza que pocas veces quedan documentadas desde adentro.
No se trata solo de imágenes. Es memoria viva.
La paciencia de mirar la naturaleza
Otro de los ejes de su obra está en la biodiversidad.
Martínez logró registrar más de mil especies botánicas, además de aves, insectos y ecosistemas completos. Su trabajo funciona como una especie de inventario visual que combina sensibilidad estética con valor científico.