Plan de manejo Parque Tayrona y Sierra Nevada

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Escrito por:

Jean Jiménez Fuentes

Jean Jiménez Fuentes

Columna: Opinión

e-mail: jeancarlosj@gmail.com

   La realidad de la degradación de los ecosistemas estratégicos del país, dimensiona una problemática de alcance complejo, por lo que en diversos ámbitos es preciso, emprender acciones para orientar la intención de revisar mecanismos que afiancen una estrategia coordinada que al menos, genere una formula efectiva que impida el acelerado ritmo del deterioro de los mismos.

La Sierra Nevada de Santa Marta y el Parque Natural Nacional Tayrona, son apenas una muestra de ello. Recientes estudios de la Universidad Nacional y el Ideam, señalan, que en el caso de la sierra nevada, se pierde un 1. 3 % de su casquete de hielo cada año y se intensifica de manera descontrolada la deforestación, lo que ha creado entornos de tensión y rupturas inquietantes, que crean graves consecuencias sociales, económicas, ambientales y culturales en toda la región. Así mismo, en el Parque Natural Nacional Tayrona, la ocupación ilegal de tierra y otros factores, han creado deterioros en la estructura del suelo, fracturas en las fuentes de agua y mayor nivel de estrés a su unidad eco sistémico.

En ese contexto se ha promovido un instrumento de ordenamiento ambiental, que pretende armonizar los derechos de la naturaleza y la cultura ancestral de los pueblos indígenas que se asientan en los complejos geográficos de estos territorios, con la esencia de la vida en enfoques de sostenibilidad, ecoturismo y desarrollo productivo: el plan de manejo “hacia una política pública ambiental del territorio ancestral de la línea negra de los pueblos iku, kággaba, wiwa y kankuamo de la Sierra Nevada de Santa Marta en la construcción conjunta con Parques Nacionales Naturales jwisinka jwisintama – mama sushi – She Mamashiga”. No obstante, han surgido incomodos márgenes de confrontación, que incluso, han sacudido un entorno de opinión que se ha expresado en hilos de matrices diferenciados que evidencian profundas polarizaciones. Por un lado, las comunidades no ancestrales asentadas en estos territorios, que ejercen presión en sus ecosistemas y desarrollan aspectos de su vida cotidiana en dinámicas ligadas a su subsistencia, lo que genera enfoques y rasgos que contrarían radicalmente aspectos incorporados en el mismo plan de manejo.

 En otro escenario, los sectores que explotan las porciones de ambos ecosistemas, y que afectan los mismos, estimulando la imposibilidad de elevar  la capacidad adaptativa al cambio climático por ejemplo, lo que incentiva intereses  en las lógicas de la representaciones misma del poder, en las que cuentan, desvíos de reservorios de fuentes hídricas, acaparamiento, desforestación, expansión de cultivos ilícitos y tráfico de madera, lo que configura un espectro de tensión particular. Y en el escenario final, la institucionalidad, con arquitectura normativa que reviste en el marco de sus apuestas, la urgencia por salvar estos ecosistemas. Esto tres escenarios, establecidos en coyunturas delimitadas, de vencimiento del periodo de concesión del Parque Natural Tayrona, y nuevo periodo de licitación, con el nuevo plan nacional de desarrollo  y las tareas por mitigar el 20 % de nuestras GEI, al 2030, compromiso suscrito por Colombia en el marco de sus Contribuciones Nacionalmente determinadas radicadas en la convención marco de cambio climático, nos ofrecen más allá de la tensión un ejercicio pedagógico eficaz e interesante y nos impone un desafío en momentos de descontrol climático.

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