Contaminación urbana

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Escobar de Andreis

Carlos Escobar de Andreis

Columna: Opinión

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La Alcaldía Mayor de Bogotá anunció el viernes pasado la alerta amarilla por contaminación ambiental en todo el territorio de la capital y alerta naranja en cuatro localidades del suroccidente de la ciudad.

“…esta decisión se tomó luego de un estricto seguimiento a la evolución de un fenómeno atípico en la región”, dice el comunicado de prensa que acompaña el Decreto 2019, autorizando el “pico y placa” todo el día, para los vehículos terminados en números pares e impares.  

No conozco antecedentes similares con medidas que no dejan de inquietarnos por no decir que “nos ponen los pelos de punta” en Colombia, ante la amenaza que se cierne sobre la integridad y la salud humanas. Se sabe de este tipo de experiencias en países industrializados, puesto que la contaminación del aire urbano es un serio problema en las grandes ciudades del planeta: el intenso e incesante tráfico, unido a fábricas que no controlan sus emisiones, transforma el aire de ciudades de todo el mundo en auténticas nubes de smog. Es decir, los niveles de partículas contaminantes sobrepasan en muchos casos el límite de seguridad para la salud humana definido por la OMS. 

La contaminación del aire mató a 7 millones de personas en 2012, lo que la convierte en el gran problema de salud medioambiental. La cifra conlleva que una de cada ocho muertes mundiales se vinculó con el aire contaminado. Si tenemos en cuenta que la población aumentará de los 7 mil millones actuales a los 9 mil en los próximos años, mejorar la calidad del aire en las ciudades es un reto urgente.

La OMS estableció los límites seguros en 20mcg/m3 (microgramos/metro3, medición habitual de contaminantes “clásicos” como el CO2, óxidos de nitrógeno, partículas suspendidas, etc.) Pero, en ciudades como París, el promedio anual es de 38 mcg/m3, y en casos extremos como Pekín, ha llegado a superar los 300, obligando a la ciudad a imponer la alerta naranja. París ha sido la última en adoptar medidas urgentes con resultados eficaces: limitar el tráfico por la ciudad, ofrecer el transporte público no contaminante, servicio gratuito de bicicletas y mover los vehículos de servicio municipal lo mínimo necesario, logrando así que la capital parisina reduzca esos niveles en tiempo récord.

Estas medidas, han tenido eco en ciudades grandes e intermedias como lo son la mayoría de las nuestras, aunque en algunas son todavía el tibio reflejo de políticas y acciones más drásticas, por varias razones: no son ciudades industrializadas pero el tránsito de vehículos movidos por hidrocarburos es elevado que, sumado a la corrupción de autoridades para aplicar eficazmente controles a las emisiones de gases tóxicos mediante la exigencia de certificados técnico-mecánicos, al manejo inadecuado de la recolección y disposición de basuras, al abandono total de ríos y demás fuentes hídricas, al desaseo por acumulación de residuos orgánicos animales y humanos en el espacio público y por el vertimiento de aguas servidas en las vías; hacen de la contaminación la característica principal del ambiente urbano local.

Si no se apresta a tomar las medidas de rigor requeridas en esta materia, Santa Marta también podría ser un ejemplo no digno envidiar y repetir, en el que se juntaron agentes contaminantes muy agresivos (exceptuando la contaminación fabril) que la ranquean en un lugar que no le conviene, por ser, a pedir de las autoridades y ciudadanía, una ciudad con suficientes recursos naturales a disposición para proponerse y consolidarse como una ciudad turística, que le apuesta a convertirse en el primer atractivo para turistas de la Gran Cuenca del Caribe y el Mundo.

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