A la salud de Constantinopla

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Eduardo Barajas Sandoval

Eduardo Barajas Sandoval

Columna: Opinión

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El ocho de noviembre del año trescientos veinticuatro, el hijo de una griega, qué más tarde resultó convertida en santa, y de un general romano, dio comienzo a la versión renovada de una ciudad que por más de mil años sería modelo de las virtudes, los defectos, las fortalezas y las debilidades de todos los Estados.
Desde entonces se desataron ediciones reiteradas de fenómenos que perduran hasta nuestros días, como el boato de los actos de gobierno y la relación, aveces perniciosa, entre religión y política. También se reanimaría la eterna secuencia de implicaciones del oficio de gobernar, como las verdades oficiales, la encriptación de los yerros, las justificaciones inverosímiles y las contradicciones evidentes, de las que prácticamente nadie ha podido escapar.

Flavius, Valerius, Aurelius, Constantinus, Augustus, conocido como Constantino el Grande, no se inventó en realidad nada nuevo, sino que puso juntas muchas cosas. Solo que lo hizo en el momento, y sobre todo en el lugar, adecuados. Ningún sitio más idóneo para montar un imperio, en cualquier época de la historia, que el estrecho en el que, con franja de mar de por medio, prácticamente se tocan Asia y Europa. La ciudad que, a partir de entonces, pasaría a llamarse Constantinopla, es decir Constantinou Polis, había estado precedida por Bizancio, fundada por Bizante, supuesto hijo de Poseidón, que siguiendo instrucciones del Oráculo de Delfos fundó siete siglos antes de Cristo una colonia griega “frente al país de los ciegos”.

La sabiduría del Oráculo iba a lo esencial. Muy ciegos habían sido los que fundaron la ciudad de Calcedonia, del lado asiático, porque no advirtieron las ventajas extraordinarias del lado europeo, que permitiría construir una ciudad inexpugnable, como lo vinieron a ser Bizancio, y después Constantinopla, hasta el primer día del fin del mundo, el 29 de mayo de 1453, cuando cayó en manos de los turcos otomanos. El águila bicéfala, con una de sus cabezas mirando a Oriente y la otra a Occidente, fue el mejor símbolo para la ciudad.

Lo que allí sucedió entre la postura de la primera piedra y la desgracia suprema de fines del Siglo XV, no fue otra cosa que la vigencia prolongada del Imperio Romano, cuyas proezas se miran tradicionalmente desde nuestro extremo occidente como si hubieran tenido lugar en la península itálica y se hubieran registrado en placas y libros en Latin. Justiniano, que había nacido al norte de Grecia en el año 483, mandó recopilar las leyes de su famoso Código, abuelo del nuestro, desde su asiento imperial en el palacio de Constantinopla, a orillas del Bósforo, a dos mil kilómetros de distancia de Roma, por los caminos imperiales.

A partir de Justiniano la lengua griega tomó el relevo de la conducción del Imperio, como lo atestiguan no solo los escritos de la época, sino, para los incrédulos, las piedras con inscripciones de todo tipo que abundan en la Estambul de hoy, y los mensajes escritos en griego que acompañan a los iconos, frescos y mosaicos, que han sobrevivido medio milenio de horror. Esas son las huellas de la versión helénica del Imperio Romano, que duró mil años, y que presentó al mundo las ejecutorias, y las tremendas disputas por el poder, de dinastías como las de los Nikéforos, Komnenos, Doukas, Láskaris y Paleologos, y de mujeres descollantes y legendarias como Zoé, Irene, y Teodora, herederas de la fuerza de la Santa Helena, madre del Fundador.

Lejos de las ideas estereotipadas sobre lo bizantino, como símbolo de lo superfluo, de lo impertinente, de las discusiones infructuosas, de la burocracia llena de sutilezas y del culto por las pompas sin sentido, la herencia bizantina se encuentra en el origen indiscutible del mundo occidental. ¿Qué habría sido de Europa si Bizancio no hubiera detenido el avance de tantas oleadas de invasores deseosos de ocupar su territorio? ¿Dónde más se habría podido resguardar lo que pudo sobrevivir de la ciencia médica de Galeno, la matemática de Pitágoras, Euclides y Arquímedes, o la astronomía de Apolonio y Tolomeo? El “fuego griego”, que ardía en el agua y permitió ganar tantas batallas navales, no fue otro cosa que una muestra eficiente el ingenio bizantino. Y la Catedral de Santa Sofía, sabiduría, guarda desde sus cimientos hasta su cúpula de tamaño inverosímil los secretos aplicados del físico Isidoro de Milito y del arquitecto Antemio de Tralles.

Los protagonistas de la grandeza bizantina tal vez se estremezcan en sus tumbas ante tanto desconocimiento y tanta incomprensión respecto de lo que hicieron a lo largo de once siglos.

En cambio deben mirar, complacidos, y sorprendidos, la propagación exitosa y la vigencia de muchas de sus fórmulas, tradiciones y rituales, que sobreviven inclusive entre nosotros y han formado parte de nuestra cotidianidad, sin que reparemos en su origen. Tal vez la más fuerte de ellas haya sido la tremenda idea de ligar al Estado con la jerarquía religiosa, que en la versión de Constantino logró suprimir los ritos paganos y la vigencia de las mitologías griega y romana, para fortalecer una primacía cristiana que después hizo mutaciones hacia todas las cortes imperiales, donde los emperadores terminaron coronados en las catedrales en lugar del foro civil.
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