Alberto ‘el man’

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Germán Vives Franco

Germán Vives Franco

Columna: Opinión

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Uno de los pasajes bíblicos más profundamente humano es el del Joven Rico. En pocos párrafos logra captar nuestra angustia existencial.

En la narración, un hombre le pregunta a Jesús lo que debe hacer para ganar la Vida Eterna. Jesús, le respondió que cumplir los Diez Mandamientos. El joven respondió que eso ya lo hacía, y que entonces qué le faltaba, a lo que Jesús contestó que si quería ser perfecto, vendiera todo lo que tenía, lo diera a los pobres y lo siguiera a Él. El joven se marchó triste porque tenía muchas riquezas.

Esto aterró a los Apóstoles, quienes al oír el intercambio se preguntaron quien entonces podría salvarse, y Jesús dijo que esto solo era posible con la ayuda de Dios.
Tomo este pasaje porque me parece arroja luces sobre lo que le sucedió a Alberto Linero. Sin duda un hombre bueno, carismático y con dones de comunicación extraordinarios, pero que por la razón que sea no quiso seguir en El Camino. Pienso que no supo discernir su verdadera vocación. Nunca debió ser sacerdote. En su caminar sacerdotal sus talentos naturales lo llevaron a la cúspide del mundo, mientras su espiritualidad se apagaba. En su afán de meterle mundo a lo espiritual, hizo de su sacerdocio un ministerio de Nueva Era con toques de teatralidad, y como esto vende, se convirtió en celebridad. Se arropó, y con él sus seguidores, –no seguidores de Cristo- con una espiritualidad light y chévere; o sea, sicólogo y porrista de masas. A; final sucedió lo lógico: El mundo se lo llevó por delante.

Lastimosamente, en su equivocado caminar hizo daño a muchos, empezando por sus fans. En un intento de justificación coloca nuevamente sobre el tapete el tema del celibato, y opina que debería ser opcional. Hablando por experiencia propia, no creo que los deberes familiares y conyugales sean compatibles con un verdadero sacerdocio, a menos que queramos un sacerdocio mundano; o sea, una profesión de ocho a cinco y cinco días a la semana y no una vocación. Las obligaciones de un verdadero sacerdote nunca terminan, y no se reducen a dar sermones y celebrar la Santa Eucaristía. Sería más honesto que Alberto dijera que no fue capaz de cumplir con las exigencias del sacerdocio y que la sotana le quedó grande y que se equivocó de vocación. ¿Es que acaso cuando un médico entierra sus equivocaciones pedimos que se cambien las reglas de la profesión para que siga ejerciendo?

Aduce que se mamó de la soledad; la cual comparada con la soledad en El Madero no es nada, y que ha debido invitarlo a penetrar en ese gran misterio, en esa inenarrable e incomparable Teología de Salvación. Si lo hubiera hecho, habría encontrado el remedio permanente a su soledad, pero no, optó por comer de la manzana; y a Alberto, la celebridad mediática, hoy solo le sirve la compañía del mundo. El pensamiento del mundo dice que todas las celebridades tienen derecho a disfrutar de lo que viene con la fama. Ojalá lo disfrute.

Un buen sacerdote no es el que mueve masas y tiene muchos seguidores sino el que logra que su comunidad crezca espiritualmente y acaricie el Reino de Dios en la tierra. Ojala lográramos tener sacerdotes Santos porque la luz de estos fieles seguidores de Cristo trasciende fronteras y tiempos y sigue iluminando incluso cuando ya no están con nosotros.

Lección: El Clero debe ser más cuidadoso en su proceso de selección. Hay que cerrarles la puerta a los oportunistas o deshacerse de ellos tan pronto se sepa que lo son. Salir de aquellos que llegan al Clero para tapar sus desviaciones sexuales, o como medio para figurar o educarse. Quizás es el momento de aprovechar la crisis para limpiar bien la casa. Necesitamos una Iglesia mucho más santa. La crisis del número de vocaciones solo se resolverá el día que la Iglesia tenga sacerdotes santos capaces de inspirar y encender la llama en los corazones de miles de jóvenes que también aspiran a la santidad (felicidad) en cualquiera que sea su vocación. Que coincidencia que siempre sucede que esperan hasta alcanzar la fama para declararse equivocados. ¡La Iglesia no necesita más estrellas de rock!

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