Victoria de Nueva Democracia

Editorial
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Las viejas calles de Atenas, como las de tantas otras antiguas polis griegas, presenciaron, otra vez, el desfile de los ciudadanos a manifestar su voluntad política.
Todos los discursos pregonaron que se trataba de un momento crucial de la historia. Advertencia idéntica a las de hace más de dos mil años, y tradición respetable, pues ya se sabe que el rumbo de una nación se puede torcer, o enderezar, según quien llegue al poder.

Ya era hora de ajustar cuentas del proceso de sometimiento a las reglas impuestas desde fuera, para que la economía griega, y el país, se pudieran considerar al otro lado del túnel y listos para emprender de verdad una nueva era. Alexis Tsipras, estaba rindiendo el examen final del gobierno que tomó en sus manos hace cerca de cuatro años. Había llegado al poder a los cuarenta, aupado por su mentor y padrino Alekos Alavanos.

La crisis mundial de 2008 había encontrado a Grecia fuera de base. El gasto público, disparado por la competencia populista entre conservadores y socialdemócratas, llevó al país al borde de la bancarrota. Las puertas de salida eran dos: emprender el Grexit, esto es la salida abrupta de la Unión Europea, para irse por allá al vecindario del mundo periférico, o someterse a las fórmulas típicas que en esos casos recetan tanto la Unión como el Fondo Monetario Internacional.

Las ofertas de Tsipras, en ese momento, pusieron en evidencia otro refrán de los viejos veteranos: “la gente, en política, cree más fácilmente una mentira grande que una pequeña”. Ofreció enfrentar “dignamente” a los poderes extranjeros. Defensa de la dignidad que, cuando se vuelve credo público, puede llevar al jefe a navegar confortablemente mientras su pueblo sufre y sobrevive, en medio de la desgracia, con el alimento del discurso que le vendieron.

A la hora de la verdad, el joven gobernante, y prometido rebelde contra las imposiciones internacionales, terminó más bien por cumplir con las obligaciones impuestas por la Unión y el Fondo, al tiempo que el país recibía, para devolverles cuanto antes a los banqueros, tres préstamos de 289, 259 y 326 billones de Euros, con la promesa de poner la economía al día para 2018.

Menos mal que no se le ocurrió inventarse una versión elena de “socialismo del Siglo XXI”, como lo temieron muchos de sus contradictores, que recordaban sus épocas de joven líder del Partido Comunista Griego. Lo cierto es que, cualquiera que hubiere sido el gobierno de Grecia, había que cumplir. Por eso, no sirvió de mucho una consulta popular que, mediante referendo, decretaba la rebeldía contra la UE y el FMI. Tampoco la activación de un cierto resentimiento histórico nacional en contra de los alemanes, que hoy, bajo el mando de Ángela Merkel, no tienen que ver con los que cometieron atrocidades en las aldeas griegas en la Segunda Guerra Mundial y se llevaron el Tesoro del Banco Nacional.

Bien que mal, el gobierno de Tsipras, con su ímpetu juvenil, y un discurso que a muchos recuerda la música clásica de la vieja izquierda europea, terminó por sacar al país adelante, después de entender que no es viable desarrollar una política contra el sistema, y permanecer en las entrañas del mismo. Sin que todo el mundo esté contento, claro está, logró el cumplimiento de las obligaciones del “rescate” y un crecimiento del 1.3% en el primer trimestre de 2019. No obstante lo anterior, lo cierto es que sus otras promesas, las originales, esas que lo presentaron como alternativa salvadora, no se cumplieron.

La primera campanada de anuncio del agotamiento de la era Tsipras fue el resultado de las recientes elecciones locales y europeas. Ahí comenzó a surgir otra vez el juego de fuerzas que permitió advertir la resurrección de la derecha democrática, con el liderazgo de Kyriakos Mitsotakis, que con talante de reformador supo traer al partido Nueva Democracia un poco más hacia el centro.

El triunfo de Mitsotakis resultó holgado. Con la regla que en Grecia confiere cincuenta curules adicionales al partido que mayor votación obtenga, tendrá mayoría absoluta en el Parlamento. Por lo tanto ningún obstáculo para el cumplimiento de su programa neoliberal, en el que ha puesto el empeño de los creyentes en el modelo. De algo le habrá servido, o echado a perder, el haber estudiado en Harvard y en Stanford, y el haber trabajado como banquero.

El símbolo de Grecia, menos mal, es el Ave Fénix. Por eso, por allá cada quién en su “períptero”, cada empresa, y hasta la nación misma, son capaces de resucitar como la cosa más normal de las vueltas de la vida. Así Mitsotakis, que se posesionó menos de veinticuatro horas después del triunfo, empieza a gobernar con la experiencia de haber sido oposición.

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