A punto de explotar

Editorial
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A la espalda de Buenaventura, el mayor puerto de Colombia en el Pacífico y polo clave de desarrollo para el país, se extiende una línea costera en la que se gesta una tormenta perfecta de narcotráfico, minería y conflicto que amenaza con extender la violencia por el resto del territorio.

Es el llamado Andén Pacífico que abarca parte de los departamentos de Chocó, Valle del Cauca, Cauca y Nariño, todos ellos con costas al océano, que se extiende desde la frontera con Panamá a la de Ecuador, y cuya superficie supone cerca del 7 % de Colombia.

Pero para tomar perspectiva de la magnitud que se extiende por el litoral es necesario elevarse unos metros y observar el tapete verde y denso de selva que va a lo largo de la línea costera en el que emergen unos pueblos a los que sólo se puede llegar navegando por los ríos.

Son ríos como el Naya, el Micay, el Timbiquí y el Iscuandé que, en ocasiones, dan nombre a los municipios que los vecinos se han atrevido a fundar y cuyo control por parte de las bandas que dominan el territorio marcan auténticas fronteras muy visibles.

El Pacífico hace muchos años es una bomba de tiempo. Hace dos años por varios meses hubo la tan anhelada paz, pero no se demoramos en ocupar los espacios y quienes lo hicieron fueron los disidentes de las Farc y el Eln, razón por la cual lo que hicieron fue el control territorial pero además generar un control económico de la zona. Esos dos meses son los que siguieron a la firma del acuerdo de paz entre el Gobierno y la hoy desmovilizada guerrilla Farc, que dominaba buena parte del territorio.

Con su salida, en ese tiempo de tregua la fuerza pública no llegó a una zona sembrada de coca y atraídos por ella se acercaron también los grupos herederos del paramilitarismo y los carteles mexicanos.

Los habitantes se acostaron soñando con la paz y se levantaron en medio de una pesadilla. Y los monstruos no paran de crecer, puesto que están dedicados al comercio ilegal del oro y de la hoja de coca. Todos ellos luchan por controlar unos ríos por los que sacar la cocaína e introducir armas, claves para mantenerse vivos en una región a la que muchos llegan por el Naya y desembarcan en Puerto Merizalde, uno de los muchos caseríos que forman parte de Buenaventura.

El aspecto de Puerto Merizalde es el de la mayoría de las poblaciones desgranadas por el Pacífico. Sin la más mínima infraestructura los cerca de 3.000 habitantes viven en casas palafíticas de madera que se asoman a una descomunal iglesia de 1938, ya dañada por la lluvia inclemente y el calor que azota a los visitantes. Este era el punto de llegada para muchos narcotraficantes y contrabandistas que ahora se internan más todavía en la selva para hacer sus contactos.

El mejor ejemplo se percibe en Tumaco, fronterizo con Ecuador, el municipio con más hectáreas de coca sembradas de Colombia y donde el sanguinario Walter Patricio Arizala, alias “Guacho”, impone su ley al mando de uno de los grupos disidentes de las Farc que se hace llamar Frente Oliver Sinisterra.

La magnitud del negocio puede verse en su puerto, donde un puñado de semisumergibles artesanales permanecen anclados bajo el control de los militares que los incautaron. La construcción de cada uno de ellos cuesta entre uno y dos millones de dólares y puede transportar hasta siete toneladas de cocaína. Todo un atractivo para quienes se quedan sin alternativas.

La solución es que la fuerza pública esté presente, pero acompañada de la inversión social para que haya una verdadera paz.

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