Cruzar la página

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Escrito por:

Ricardo Villa Sánchez

Ricardo Villa Sánchez

Columna: Punto de Vista

e-mail: rvisan@gmail.com

Sería absurdo e incoherente desconocer que el triunfo de Angelino Garzón en la Gobernación del Valle y de Luis Eduardo Garzón en la Alcaldía de Bogotá, en su momento, tuvieron un significado histórico y esperanzador, entre un gran sector de la población colombiana, que veía con buenos ojos que otras miradas administraran la cosa pública y abrieron la puerta para que el proyecto democrático, entre otros lugares, continuara tanto en la sultana del valle como en la capital.

Las realizaciones de cada uno de sus gobiernos, tuvieron alto impacto en el desarrollo a escala humana en dichos territorios. Ejemplos hay muchos, para la muestra la política educativa, alimentaria y nutricional en el Valle del Cauca con las huertas caseras, la cultura del emprendimiento y la articulación con la universidad pública, o el plan Bogotá sin hambre y la Bogotá sin indiferencia de Lucho Garzón que permitieron la inclusión social y el derecho progresivo al acceso a la prestación de servicios públicos domiciliarios de calidad.

Al punto que con la continuidad de estos proyectos en la Bogotá Positiva se logró la educación gratuita hasta el grado once, la posibilidad de seguir una carrera intermedia en la misma institución educativa, el acceso equitativo a una nutrición equilibrada en un amplio núcleo de niños, niñas, adolescentes y de adultos mayores en la capital, así como concentrar esfuerzos en la construcción de requeridas obras de infraestructura para hacer la ciudad más atractiva a la inversión nacional y extranjera, ahondar en la descentralización de la gestión local, implementar un modelo de ciudad de derechos basado en la seguridad humana y en la movilidad a través del sistema integrado de transporte público que contiene el plan del Metro para Bogotá.

Hoy estos dos personajes que encarnan a su manera un proyecto político, se encuentran desde el Gobierno Nacional y desde el centro del péndulo en el Partido Verde, aportando en la tarea de construir paso a paso un nuevo país. Es por ello que junto con los aportes, olfato y experiencia política de Clara López Obregón en el Polo Democrático, los sectores indígenas y afros, los movimientos sociales y políticos, las organizaciones comunitarias y los gremios productivos, se hace urgente en esta crucial coyuntura de nuestro país, un planteamiento acordado que, como bien lo mencionó la presidente del Polo en días pasados en Quito, posibilite una política de alianzas que supere el tema electoral para articular lo social con las bases populares y la formación política para generar nuevos cuadros políticos que lleven un mensaje de apertura democrática.

Este frente amplio, variopinto, diverso, pluralista de la Colombia progresista, deberá mirarse a los ojos, sin egoísmo, con alegría para cruzar la página, superando viejas rencillas y diferencias ideológicas, buscando llegar a consensos que permitan una gestión parlamentaria, gubernamental y programática aliada entre sus dirigentes, que converja en propuestas de solución de las necesidades más sentidas de nuestra población a través de una actitud dialogante y de una deliberación reflexiva que dé ejemplo de que siempre existirá algo que nos una, un objetivo común que se representa, entre otros asuntos, en el desarrollo de nuestra nación y la libertad de nuestros ciudadanos así como en la promoción y realización de los derechos fundamentales y de los distintos mecanismos para superar la 'trampa' de la pobreza y la anomia que nos corroe, para así poder, en el corto y mediano plazo, consolidar el Estado Social y Democrático de Derecho en Colombia.

Si han coincidido en otros espacios y escenarios, ¿por qué no lo pueden hacer ahora desde la dirigencia nacional de sus partidos y en la Vicepresidencia de la República?, de manera que se entronquen en la búsqueda de construir, en forma colectiva, un bloque democrático por la justicia y equidad social, la calidad de vida y la reconciliación nacional.

Lo anterior, teniendo en cuenta que en este escenario de 'unidad' nacional, se hace inevitable llegar a acuerdos que permitan apostarle a una nueva Colombia, esparciendo convergencias en medio de la diferencia y sin dejar a un lado que ya partidos tradicionales como Cambio Radical y el Partido Liberal, han picado adelante y los sectores retardatarios no hacen sino criticar el realce que el nuevo gobierno le ha dado a la política, a la diplomacia y al ejercicio del buen gobierno, como visiones de gestión pública que han sido una grata sorpresa en sus primeros cien días para muchos opositores al anterior Gobierno Nacional.

Tanto es que el presidente Santos, desde su enfoque de la tercera vía, ha sido generoso en su victoria, asumiendo como propias muchas de las apuestas de sus contendores e invitándolos a participar de algunos propósitos nacionales, valorando sus aportes y sembrando puentes para futuras asociaciones que beneficien a la sociedad en su conjunto, sin que se entreguen sus principios y convicciones, que en el espacio del debate público y del respeto a su adversario, hacen más sano el ejercicio de la política.

Los dirigentes de los partidos más recientes y progresistas, deben asumir este sueño, compromiso y reto de una Colombia en paz con justicia social, competitiva, insertada en la sociedad del riesgo global y con la esperanza de que otro mundo es posible si hay un gobierno que se sintonice con los anhelos nacionales y respete los debidos equilibrios y garantías de una democracia para ejercer el derecho al disenso y a las propuestas alternativas. Si continúan, como dirían los abuelos, tirando para su propio cabestro, se condenarán a la eterna marginalización, a la lejana vocación de poder y a ver, como convidados de piedra, cómo los deja el tren.

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