Relato de un autógrafo*

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Alvaro González Uribe

Alvaro González Uribe

Columna: El Taller de Aureliano

Web: http://eltallerdeaureliano.blogspot.com

(*Como humilde homenaje y recuerdo a Gabo, a petición de su autor publicamos la siguiente crónica incluida en el libro "De Bolombolo a Aracataca", publicado por nuestro columnista en el año 2011, bajo el sello editorial de la Universidad del Magdalena).
Era miércoles. Salí de Santa Marta a las diez de la mañana acompañado solo por una llovizna pertinaz. No iba en el Tren Amarillo de Macondo, sino en mi carro gozando del paisaje costa Caribe adentro. Viajaba raudo por entre el reino de la clorofila hacia el interior de mi Colombia. El sol surgió tras la Sierra Nevada para brillar de opaca a verde banano la campiña que bordea la tierra del olvido.
Fue hace diez días, cuando nutrida por Macondo se inauguró la ruta turística del ferrocarril histórico que rodó por Santa Marta, Ciénaga, Sevilla, Zona Bananera, Guacamayal, Aracataca y Fundación.
A las doce del día llegué a Aracataca y busqué la vieja estación del tren, a donde había de llegar García Márquez. Allí empezaba a reverberar una rumba colorida y caótica. Entre otros, estaban el coronel Aureliano Buendía; Melquíades; la gitana que cautivó a José Arcadio; el padre Nicanor Reyna; Simón Bolívar en su laberinto; Remedios, la bella; y Úrsula Iguarán. Eran alegres estudiantes de Santa Marta y Aracataca convertidos en personajes de Gabo. Hicimos amistad, fotos van fotos vienen, una y dos frías, y cuando menos pensé ya estaba dentro de la novela. Más y más gente, y el calor se nos pegaba a la piel en capas.
"¡Miedda, ese man no va a vení!", dijo un cataquero cansado de esperar a Gabo bajo un sol agresivo y entre un sopor asfixiante. Eran las tres de la tarde, y el tumulto bullicioso, pegajoso, oloroso y apretado al lado de la estación era un solo cuerpo ansioso y casi derretido.
"Ahí viene... un asunto espantoso como una cocina arrastrando un pueblo", hubiera gritado la lavandera de Macondo en "Cien años de soledad". Sí. Llegó el tren y la algazara se prendió: música, bailes, saltimbanquis, zanqueros, vivas, empujones, ¡caribeñidad! Gabo no sabía cómo penetrar en semejante multitud, hasta que al fin pisó su tierra. "¡Merce baja!", le gritó a su esposa aún temerosa en el segundo vagón, el 2926. También aracataquizaron sus hermanos, el maestro Escalona y parte de la comitiva, mezcla de amigos del Nobel y de iguanas como siempre sucede. Empezó el apoteósico desfile.
Sin perderlo de vista seguí al carruaje tirado por un caballo, y justo en el corredor de los almendros me lancé en el momento oportuno. Con fuerza me abrí paso entre varios soldados de ningún pelotón de fusilamiento que custodiaban el coche, y cuando llegué al lado del escritor le grité: "maestro fírmame el libro", y entregué mi ejemplar de "Cien años de soledad" y un bolígrafo a Mercedes Barcha ("La Gaba") quien se los pasó a su esposo. Entre la algarabía apenas alcancé a oír su pregunta: "¿Cuál es tu nombre?", le respondí y Gabo firmó con mi bolígrafo. Me devolvió el libro y le grité el gracias maestro. Nada del bolígrafo.
Sólo después sentí un dolor en mi pie izquierdo que me hizo notar que durante la petición del autógrafo una rueda del coche -que nunca detuvo su marcha, pues no lo iban a parar por un paisa metido- me pisó los dedos. "Qué importa" -pensé- "soy un cojo con dedicatoria de Gabo y quizá el único en el mundo en quien este y su esposa descargaron sus humanidades montados en un carruaje por las calles de Macondo". ¡Ah!, y creo que de los pocos a quienes el Nobel le ha robado un bolígrafo: el robado más orgulloso del mundo...
Con mis trofeos guardados uno en mi mochila, cinco en mi zapato y el bolígrafo en ninguna parte, atravesando un aguacero literalmente macondiano, a las cinco de la tarde regresé al litoral Caribe. Estaba satisfecho: tenía el autógrafo, un exclusivo moretón en el pie y la ausencia de mi estilógrafo.
Además, por un rato fui parte de "Cien años de soledad". Espero que Gabo me incluya en la próxima corrección de la novela; estoy dispuesto a hacer allí cualquier oficio: refrigerar agua para hacer hielo, cantar con Pietro Crespi, darle manivela a "la máquina múltiple que servía al mismo tiempo para pegar botones y bajar la fiebre", y hasta comer tierra y cal con Rebeca Buendía. Tan sólo no aceptaría hacer la guerra con los coroneles Gerineldo Márquez y Aureliano Buendía; ni con nadie...

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