Somos montaña

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Alvaro González Uribe

Alvaro González Uribe

Columna: El Taller de Aureliano

Web: http://eltallerdeaureliano.blogspot.com

Vi la luz entre inmensas montañas y al tiempo sobre una gran montaña cuya cima es un valle. He pasado mi vida entre inmensas montañas y sobre montañas. Hoy vivo tras la más alta y misteriosa montaña de Colombia: La Sierra Nevada de Santa Marta.

Pero no importan sus tamaños ni la característica con que se les quiera nombrar porque en su ilimitada variedad montaña puede recibir miles de calificaciones. Montaña es un sustantivo tan poderoso que casi no requiere adjetivos. Basta pensarlo y decirlo, y sin importar mensuras ni formas cada quien dibuja en su mente y corazón una montaña especial, cualquiera, la que tenga como paradigma por la razón que sea.

Cuando escucho montaña o pienso en montaña yo tengo cientos de montañas en mente y alma. La coreografía de mi vida han sido las montañas y la vida que albergan. Suben, bajan, se explayan, se encrespan, se precipitan, danzan, se cambian el vestido, se desnudan, se cubren; viven las montañas de Colombia y a veces mueren o se desparraman, y sin quererlo ocasionan la muerte a quien se topen en su cambio vital u obligado por los humanos.

Cuando nací me rodeaban grandes montañas, verdes y azules. Son esas montañas que forman el Valle del Aburrá, mi Medellín, que también yace en otra montaña expandida a lo largo de ese río que la parte.

Igualmente allí, en mi valle, están las siete montañas pequeñas, los cerros que lo cuidan, cerros tutelares, orgullosos. Dos oteros en el centro que surgen como de la nada: El Nutibara y El Volador; y cinco en los bordes, protuberancias de las montañas circundantes: El Pan de azúcar, El Picacho, Santo Domingo, La Asomadera y El Salvador.

Luego las montañas del oriente antioqueño, una sola montaña, pero con muchas que sobresalen y tienen nombres: El Capiro, la ceja de La Ceja; el Corcovado… En el Suroeste el enigmático Cerro Tusa, el Cerro de Combia y los gemelos Farallones de La Pintada. Mucho más altos y desafiantes El Páramo del Sol en el Parque de las Orquídeas y los Farallones del Citará.

Más al norte el páramo de Frontino y los altos de San Jerónimo y del Paramillo. Son tantas montañas y cerros que por eso alguien salió rápido del asunto y con razón llamó "La Montaña Antioqueña" a toda mi tierra de origen.

Viajar a menudo por carretera desde muy pequeño fue mi mejor clase de geografía, siempre pendiente de las montañas que cruzaba y que miraba de cerca y lejos. Recuerdo tantas de Colombia…, como el cerro del Ingrumá, el cacique que vigila a Riosucio el del los carnavales del diablo bueno. Me producían especial atracción las reinas de las montañas, las nevadas: El Ruiz, El Cisne, Santa Isabel, Quindío y Tolima. Bajando más los Farallones de Cali y luego el Puracé y el Sotará, inmensas montañas de fuego.

"Al sur, al sur, al sur, / del cerro del Pacandé" decía el inolvidable maestro Jorge Villamil, quien le cantó a las montañas del Tolima Grande.

Montañas y montañas de Colombia imposibles de enumerar. Montañas que invitan y retan. A alguien una vez le preguntaron la razón por la cual subía a una alta montaña y respondió: "Porque está ahí".

Las montañas albergan todo: árboles, alimentos, minerales y, en especial agua. Toda el agua que tomamos, sea de la forma que sea, viene de las entrañas de las montañas generosas. Por eso pienso que todos tenemos mucho de montaña adentro, estamos construidos de montaña. Somos montaña.

Quienes viven en selvas y llanuras son también montaña que baja por los ríos. Incluso quienes residimos en las costas somos una potente mezcla de montañas: las que nos llegan por los ríos con las que nos llegan de los océanos que también albergan profundas montañas.

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