Contrastes

Columnas de Opinión
Tamaño Letra
  • Font Size

Escrito por:

María Padilla Berrío

María Padilla Berrío

Columna: Opinión

e-mail: [email protected]

Twitter: @MajiPaBe

"Jabones, desodorante, papel sanitario… ah, y lleva ropa y medicamentos por si quieres regalar allá", ese fue el panorama que me pintaron antes de partir hacia la tierra de Celia y del Compay Segundo. Hice caso, por supuesto, aunque pensé por momentos que me daría pena entregar esas cosas, pues, nuestra óptica del mundo, o por lo menos la mía, me impide tan siquiera imaginarme que un regalo pueda ser algo relacionado con esos artículos.

Con algo de vergüenza y tímidamente vacié la maleta y entregué a una persona la ropa que destiné para dejar. Obviamente, tratando de suavizar un poco el momento pregunté que si sabían de alguien que pudiera regalarle esas cosas, o no sé… Y no fui capaz de decir más nada. De un brinco me lo recibieron todo, como si se tratara de algún artículo de recreación o, en mi caso, un buen libro de Hemingway o de Albert Camus.

De niña mi mamá me chantajeaba para que comiera diciéndome que había miles de niños que no tenían qué comer, y que había mucha gente deseando, añorando tener un plato de comida como para que me diera el lujo de no comer. Pero como siempre me chantajeaba con el asunto de dejarme motilar y vestir como ella quería, terminé por no dejarme chantajear más, aunque obviamente otras personas referenciaban lo mismo, pero bueno, cuando hablaban de necesidad yo siempre me remitía a África, y no sé por qué si nací y crecí en un Departamento rodeado de hambre y precariedad, o bueno, en un país.

Pero una cosa es tener de referencia las cosas, otra muy distinta es estar ahí, escuchar la misma queja de fuentes distintas, aunque lo más dramático de todo, por suerte, me lo referenciaron en pasado: La crisis que tuvieron en los noventa, el famoso "periodo especial", posterior a la caída de la Unión Soviética y anterior al ascenso de Chávez en Venezuela: La época de las frazadas de piso, ¿de qué se trataba?, pues de que en Cuba llegaron a comer trapo, literal.

Lo cocinaban con un guiso, lo adobaban y al plato, listo para comer. Me costaba creer semejante realismo mágico, pero definitivamente me tocó creerlo cuando de distintas personas me venía el mismo cuento y cuando escarbando en la web, después que llegué, encontré el asunto en los mismos términos.

Y yo que siempre creí que los cubanos no pasaban hambre, que estaban presos en su país, que tenían muchas limitaciones, sí, pero que hambre jamás. Descubrir entonces que en realidad las cosas no son como las pintaron y que definitivamente la sufren, ha sido, quizás, la revelación para mí. Además, la errada creencia de muchos que van a Cuba de que van a comer marisco todos los días cuando los mismos cubanos hace años que no saben lo que es comer pescado.

"¿Cómo tú crees que mi país está rodeado de agua y no puedo comerme un pescado siquiera regular?", me ponía las quejas una señora de 72 años, la que me contó mil historias más y que hoy sufre porque lleva 10 años sin ver a su hijo que emigró del socialismo, buscando otro proyecto de vida.

Y observé a mi alrededor: una cosa es el turista y otra el cubano, y si bien en todas partes se diferencian, Cuba es uno de esos países donde la diferencia es abismal. Podrán no tener los marcados niveles de desigualdad social entre ellos mismos, esos que a nosotros nos caracterizan, pero tienen un nivel de suma inferioridad frente a los turistas y reciben un trato mordaz por parte de su mismo cuerpo policial; en ocasiones da la impresión de que allá la policía no funciona para proteger a los cubanos, sino a los turistas.

Publicidad