El acto de pensar

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Payares González

Carlos Payares González

Columna: Pan y Vino

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Por desventura, donde todo horror se hace posible, escasea el pensamiento crítico y el compromiso responsable ¿Acaso no preguntamos en qué consiste el acto de pensar? ¿Quién piensa?: cualquiera que no acepte las cosas como las dicen los demás.

El primer pensador fue, sin duda, el primer maniático del por qué. En el mundo hay muy pocos hombres que comparten dicha manía. Ir al fondo de las cosas, querer llegar a la explicación de las cosas, sufrir por no conseguirlo, exige un tipo de espíritu que es más raro de lo que se cree.

En todo caso, el pensar en nuestro medio es una enfermedad insólita, y, por lo tanto, nada contagiosa. No apreciamos que cuanto menos aporta un político o un burócrata a la sociedad, más ama los símbolos patrios. Al menos en apariencia. La crítica racional es asumida por los endebles de carácter como un estorbo para el espíritu, cuando la peor penitencia para el espíritu es el tormento de la ignorancia o de la estupidez. O mucho más grave: creer y repetir servilmente por la conveniencia del momento.

La corrupción e incompetencia que hemos padecido han ido casi siempre de la mano de algunos concejales y organismos de control. También de ciertos medios de comunicación. Esta primacía de intereses particulares ha conllevado al desgobierno, al abuso y al desorden. Todos son rasgos patognomónicos del deterioro material y espiritual en que vivimos. Hemos vivido mucho tiempo bajo los coletazos de la parapolítica, del narcotráfico, de la danza mortífera y la desinstitucionalización de gobiernos que fueron controlados por la intimidación y la corrupción. El resultado ha sido una ciudad caótica y vergonzante, en contraste con el enriquecimiento de quienes asumieron el papel de gobernantes con reducidos círculos de favorecidos.

Santa Marta es una ciudad donde lo único que se ha democratizado es la pobreza, se ha conducido a la gente a sobrevivir basada en una economía subterránea (llamada 'no formal' o 'informal'); no es difícil que encontremos a mano corta toda clase de malabarismos para no admitirla. Los malabaristas que nos han gobernado se tornaban en episodios teatrales para maquillar la tragedia social. Una pobreza que no sólo es originaria de una moral codiciosa como parece (aunque existente), sino también de un modelo de sociedad que casi todo lo determina.

Acompaño a Camus cuando dice que la pobreza no debe generar resentimiento sino conciencia crítica para poder luchar por una vida digna: "me rebelo, luego somos". Existe, pues, la necesidad de rebelarse políticamente frente a las opresiones y descomposturas del pasado, y esforzarse por al menos disminuir el sufrimiento de la gente. Debemos hacer todo lo posible para que hombres y mujeres superen la doble humillación de la pobreza y la indignidad. Entendiendo todos que la política no es una secta religiosa o, de lo contrario, la tornamos en fundamentalismo e inquisición.

La marginalidad se convirtió en una forma típica de sobrevivencia de clases sociales oprimidas y alienadas. De esta manera, la calle ha terminado siendo invadida por un tumulto sin normas, convirtiéndose en el espacio hogar-trabajo de la incierta pero imaginativa gastronomía cotidiana de la marginalidad.

De la atrofiada altivez que suponemos de nuestro pueblo sólo queda el escalofrío que provocan las estadísticas. Un escalofrío que se acompaña del "síndrome de los viejos tiempos" que sólo ha servido a ciertos cínicos esperanzados en un retorno de una historia cumplida. Una historia que debe ser superada para siempre. El cambio radical de nuestras costumbres políticas parece ser la única medicina posible.

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