Consejo para un gobernante

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Escrito por:

Carlos Payares González

Carlos Payares González

Columna: Pan y Vino

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Decía Montaigne que "podemos ceder nuestros bienes e incluso nuestra vida a nuestros amigos; pero es muy difícil que alguien acceda a compartir su buena fama o ceder a alguien su reputación". Y mucho menos si éstas han sido ganadas a pulso, con probada capacidad y honradez.

En una sociedad perforada por la desvergüenza y la corrupción, amparadas por almas dispuestas al silencio impune y aterrador, tiene un valor supremo para toda la sociedad hacer lo que el cargo y la responsabilidad ordenan.

Predicar dudas por parte de insidiosos que nunca faltan es un arma preferida para sembrar rumores y difamaciones. En realidad, por mucho que los hombres probos rectifiquen, siempre quedará la sombra de la duda.

El dilema se torna evidente. Si el gobernante corre a aclarar con vehemencia inusitada, las preguntas por parte del público no se hacen esperar: ¿por qué se defiende airadamente? ¿Acaso existe un atisbo de verdad en los rumores que los detractores propalan? Si se torna indiferente o ignorante (el camino más fácil) ante los infundios, estos se irán, día a día, fortaleciendo.

De tal manera que sembrar dudas sobre las ejecutorias de un gobernante puede convertirse en una desestabilización de su gobierno y, esta es el arma más perfecta para quienes no tienen una reputación propia o, en su defecto, la tienen gelatinosa.

Una vez que un gobernante ha permitido que sus detractores le manoseen su buena fama y reputación será víctima de una segunda táctica: la ridiculización. Los insultos y las calumnias son demasiado crudas y a la larga terminan siendo chocantes para el público y delatan las verdaderas intenciones de quienes las propalan; mientras que la ironía sutil y la burla inteligente conllevan a una total minimización de la confianza del gobernante.

Las críticas escondidas tras fachadas de humor ofrecen una apariencia graciosa e inofensiva, pero sin duda destruyen la buena fama y la reputación de un gobernante. Y las acciones de un gobernante son acatadas por la gente cuando más buena fama y reputación tenga. Que una acción sea considerada brillante o desalentadora depende por completo de la reputación y del respeto de quien la realiza.

Cuando un gobernante tiene reconocimiento social y una reputación sólida (especialmente cuando los ciudadanos lo han elegido depositando su confianza y esperanza en él), deberá responder a las críticas (así sean ofídicas) con explicaciones claras y menudas. Si en vez de actuar se mantiene en la inacción y el aislamiento, defraudará a sus conciudadanos y germinará la desconfianza.

Puede, en veces, utilizar también la sátira o el humor irónico. Debe disponer de su única arma: la palabra. De esta manera buscará dos cosas: desnudar los verdaderos propósitos de sus detractores y lograr que la gente lo tome como un tipo simpático o encantador. El poderoso león juega con el ratón que se le cruza en el camino; cualquier reacción desmedida desdiría de su reputación de ser el rey de la selva.

La buena fama y reputación de un gobernante es siempre algo fundamental. Dado que tenemos que vivir dentro de una sociedad en la que dependemos de las opiniones y las críticas de la gente que nos rodea, no se gana nada descuidando la buena fama y la reputación. Si al gobernante no le importa lo que opinan o perciben los demás, permitirá que otros decidan por el gobierno. Un buen gobernante tiene que ser siempre el dueño de su buena fama y reputación.

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