Acerca de licores adulterados

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Bustamante Barros

Carlos Bustamante Barros

Columna: Columna Caribeña

e-mail: [email protected]

Ahora que se van decantando las aguas después del agitado debate electoral del 30 de octubre, en el que resultaron elegidos nuevos gobernadores, alcaldes, concejales en todo el país del Sagrado Corazón de Jesús en que vivimos, quedan regados en el camino los atisbos del ejercicio democrático, en el que es menester mencionar los grandes promontorios de envases plásticos y botellas vacías arrojados a la vera del camino en la que descolla el aguardiente dos caballos, que está reputado como el de más baja calidad entre los alcoholes etílicos después del siempre conocido chirrinche de fabricación casera.

El aguardiente dos caballos es el mismo coco chévere producido en fábricas etílicas de la capital del Atlántico, muy solicitado en campañas políticas por la simple razón que es el más barato del mercado, el precio del mismo no supera los cinco mil pesos y viene en botellas delgadas que en la Costa designamos como panchitas; sin embargo su consumo sin límites suelen causar graves daños a la salud con cegueras repentinas y otras veces suelen ser mortales.

Recuerdo como estela fulgurante de luz en la noche oscura que hace algunos años atrás fue decomisada en las carreteras de los límites de Bolívar y Atlántico por la Policía Nacional dos tractomulas cargadas de aguardiente dos caballos, enviadas por un Senador de Cartagena cuyo destino final era abastecer algunos comandos políticos de Santa Marta y el Magdalena, se supo posteriormente que los mencionados alcoholes etílicos no cumplían con los estándares mínimos de calidad exigibles para su consumo humano.

Los efectos usuales del consumo del aguardiente dos caballos son inicialmente la de una alegría inusitada, luego sobrevienen los hipos, sudoración de la piel, hasta caer dormido pesadamente el consumidor del licor referido en aparente borrachera, pero realmente sobreviene la intoxicación que amerita traslado urgente a centro asistencial para salvarle la vida.

Lo anterior es apenas una leve muestra de las dimensiones inenarrables de cómo se juega con la salud humana en Colombia, en la que llevan la peor parte los sectores pobres o vulnerables de la población de nuestro país, en las que incluso los cacicazgos regionales que aún subsisten en la provincia de la patria incentivan su vigencia con estas prácticas deleznables y perversas durante las justas democráticas repartiendo camisetas, hayacas, ron adulterado o chimbiado como decimos en el lenguaje Caribe de nuestra gente.

Por fortuna desde hace cuatro años no pruebo gota de alcohol alguno por voluntad propia y milagro de la Divina Providencia pero en el supuesto caso que no se hubiera producido este prodigio de la Divinidad celestial no me afectaría porque nunca he sido afecto a licores como el aguardiente o whisky sino a cervezas, especialmente la extrafina, seca, como reza la propaganda, pero no por ello resulta indiferente la suerte de mis semejantes sino todo lo contrario deben asumir retos y tareas de control más eficaz al licor adulterado por parte de las autoridades del Distrito, especialmente en estas épocas de fin de año en que se consume mucho licor por la ciudadanía.

Incluso el nombre de aguardiente dos caballos resulta inapropiado y burlón, desborda fácilmente el mal gusto de su razón social, por lo que se presume es producido por una fábrica licorera poco profesional condenada a desaparecer así como vino en forma abrupta e intempestiva sin pena ni gloria alguna por supuesto, mientras eso sucede continúo meditando desde aquí en las propias catacumbas de la tierra del olvido, en esta parte olvidada del mundo y de Dios en los vaivenes de la patria irredenta ahora sacudida por el riguroso invierno que inunda viviendas por doquier agudizando aún más la problemática social en Colombia de por sí amplia en los confines de su extensa geografía disímil y bella.

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