Aprendiendo de las elecciones

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Escrito por:

Carlos Payares González

Carlos Payares González

Columna: Pan y Vino

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Cuando Nietzsche hablaba de la decadencia social no hacía más que prever el desarrollo "normal" de esta "enfermedad". Ahora bien, lo que más caracteriza la decadencia social es la ceguera que afecta al ciudadano acerca de su terrible estado. Cuanto más enfermo, más sano considera estar.

En efecto, una sociedad decadente llega a considerarse que es la más "progresista", la más culta, la más deportiva, la más feliz, curiosamente, cuanto más avanza hacia un desenlace fatal. Es cuando cualquier hecho positivo, casi siempre aleatorio, accidental o derivado del esfuerzo personal, se considera hiperbólicamente como algo magno generado por toda la sociedad.

Así ocurre con los individuales y fugaces triunfos políticos, deportivos, folclóricos y literarios, que son, por regla general, resultado de un esfuerzo personal dentro de una decadencia colectiva. Donde más se observa la decadencia de una sociedad es en el ámbito de la vida política: se ha llegado a la más absoluta incapacidad para aprender las lecciones ofrecidas por la historia, lo que a veces lleva a pensar que la historia carece de sentido para muchos sectores de la sociedad. ¿Para qué entonces la historia?

Parodiando a Ernesto Sábato diré que cuando los pobres rodean al promesero redentorista es como si estuviera lanzándose en un abismo insondable.

En mi tierra, la Ciénaga de la sal de espuma, del polvillo de carbón y de redentores sociales, los hechos electorales parecen indicarnos que ciertos políticos han sido señalados por el "destino" o por Dios para prosperar de manera histriónica, en tanto que los pobres han sido bendecidos para disfrutar de una pesadumbre eterna. Por eso la desventura crece por doquier.

El rico siempre cuenta su riqueza (en veces mal habida) en miles de millones de pesos y los pobres en cientos de centavos. Es entonces cuando la dádiva, embadurnada de una presunta "sensibilidad social", actúa como un opiáceo; como punta de anzuelo para pescar votos incautos.

Es bien cierto que ningún pueblo recibe menos o más de lo que merece. Aquellos pueblos que luchan con firmeza durante toda la vida, a la larga logran todo. Los que sólo luchan por momentos, logran algo y, finalmente, los que no luchan nunca logran nada. Los últimos nunca se quejan de lo que se merecen: representan una vida de sometimiento y resignación.

Terminan en manos de falsos redentores (demagogos, populistas, asistencialistas, clientelistas) dispuestos a arrastrarnos hasta las desvergüenzas más infames. Nada caerá del cielo como la fábula del maná o de la multiplicación de peces porque muchas de nuestras sociedades las hemos formado con nuestra falta de espíritu.

De esta manera vivimos bajo toneladas de una odorífica historia. Somos coprófilos y coprófagos. Repitiendo modelos políticos que nos envejecen en la desesperanza. En sociedades pletóricas de altos niveles de inequidad y atraso (en Ciénaga más del 60% de los ciudadanos se levanta a luchar por el pan de cada día).

Esto constituye una vergüenza que no puede ser ocultada por la palabrería patriotera de la burocracia oficial, o de los corifeos merodeantes, o de las élites casi fenecidas, o de ciertos "doctos" improvisados complacientes con propósitos protervos de los viejos y nuevos caporales. Todo en nombre de un pueblo que lo ha sentenciado en las urnas.

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