Los liliputienses

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Escrito por:

Jesús Dulce Hernández

Jesús Dulce Hernández

Columna: Anaquel

e-mail: ja.dulce@gmail.com

Son las 2:47 de la madrugada y no he logrado conciliar el sueño por causa de la lectura que hoy he iniciado de un libro del gran Gilbert K. Chesterton, llamado Los libros, la locura y otros ensayos. Lo compré por casualidad un jueves en el centro de Bogotá, antes de que el sol cayera detrás de la cúpula de la iglesia San Francisco.

Chesterton siempre será bueno. Conocí parte de su obra en Italia, en un hostal en Florencia. En ese hostal, como en muchos otros, se suele hacer intercambio de libros. La gente que está de paso puede llevarse uno y en su reemplazo dejar otro.

Yo llevaba aquella noche un pequeño texto de Ernesto Sábato titulado La Resistencia y del cual me faltaban sólo cinco páginas. Devoré su final y me di a la tarea de buscar algo llamativo entre los anaqueles viejos de mi hogar de paso; algún día hablaré aquí de lo que vieron mis ojos. Pero entre todos encontré un pequeño libro llamado La sabiduría del Padre Brown. El autor era G.K Chesterton, un londinense de finales del siglo XIX, quien fuera uno de los más grandes exponentes de la literatura inglesa de todos los tiempos.

Aquel libro que troqué en el hostal fue el inicio de una relación, llamaría yo sumisa, entre la obra de Chesterton y yo. No me dejó ni un instante mientras estuve en Florencia, o mejor dicho, yo no lo dejé. Hoy me doy cuenta que no sólo la serie policíaca me acompañó en aquel viaje sino que decidió quedarse conmigo para siempre.

Pero esta columna la escribo, no por La sabiduría del Padre Brown sino por el primer libro que ya he enunciado al empezarla y que me ha desvelado con una pasión irreverente. Los libros, la locura y otros ensayos son un compendio de artículos escritos por el autor en el Daily News entre 1901 y 1911. Cada uno de ellos versa sobre distintas cosas y sobre todas a la vez.

Lo realmente cierto en este texto es que muestra la frescura clásica de la literatura de Chesterton. Y digo clásica porque no es gratis que al leer estos ensayos hoy, después de 100 años, pareciera que cada palabra encaja a la perfección en la cotidianidad de nuestros días.

Podría referirme a cada uno de esos artículos sin la menor intención por dejar de hablar de ellos, pero como sabemos que vivimos presos de lo que los sabios de hoy llaman "economía del lenguaje", me limitaré a escribir sobre uno en particular que cautivó mi atención. El ensayo se titula El Espejo y trata sobre la magnanimidad del hombre en la magnanimidad de la naturaleza, y de cómo el primero puede llegar a ser creador de lo segundo por medio del arte.

Al iniciar el artículo me impresionó el término que utiliza Chesterton para referirse al hombre y la creación: Liliputiense. Para los que no lo recuerdan, o no lo saben, Liliput era la nación habitada por seres humanos diminutos, que recrea Jonathan Swift en su novela Los viajes de Gulliver, que por cierto hace poco fue llevada al cine en una pésima adaptación para niños.

Liliputiense es el hombre en cuanto espejo de Dios; y liliputiense son los cuadros que el hombre pinta, que son el espejo de la Creación. Afirma Chesterton que la tarea del artista consiste en volver a hacer el mundo. Por eso, aunque el pintor trate de pintar las cosas tal cual son, las pintará tal cual deberían ser. Esa es la razón más humana del arte.

De las reflexiones que hace Chesterton queda siempre la sensación de plenitud y además de certeza. Su prosa me ha hecho sentir el más liliputiense de todos. Su examen sobre el arte dejó en mi mente la idea de que el mundo tal cual es, siempre será menos de lo que debería ser. Pero aun así, existieron las sirenas, los minotauros y los unicornios.

La pregunta es si estamos dispuestos a vivir felizmente en Liliput, donde tratamos de ser dioses sabiendo que somos enanos, o morir engañados en el país de los gigantes, donde no sólo tratamos de ser dioses sino que además creemos que lo somos.

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