Los caminos

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Considero que poder caminar es uno de los regalos de la vida que hay que saber desenvolver.

Al menos en mi caso, la sensación de confiar que se puede marchar a donde uno quiera se revela preciosa ante el reinante culto a la comodidad estacionaria. Me asombro, durante los fines de semana, de la cantidad de excusas que invento para salir a andar de aquí para allá, ocho, diez, doce kilómetros por día. Debe de ser porque, a medida que avanzo, deslizándome por entre los recovecos de la ciudad de Bogotá, varios de los cuales conozco con precisión, en lugar de acumularse en mis hombros el cansancio o el hastío, estos tienden a disminuir. Supongo que me estoy refiriendo a una de esas situaciones cuya autoridad de persuasión es tal que, en lugar de inducir a prodigar las fuerzas con su factura, permiten acicatear el espíritu desde la estimulante pulsión que desoxidan.

Pero, ¿se trata, caminar, solo de arrastrar las piernas de un lado a otro para ir a hacer las cosas que se tienen que hacer? Me parece que no. Una vez definido un rumbo, son muchas las posibilidades que existen de desviarse un poco a oler las rosas –o el esmog-; además, a medida que se sigue adelante, y ello se hace enérgicamente, es evitable que se convierta esta rutina en algo rutinario. Así, establecidos el adónde ir y el cómo llegar, conviene moverse hacia la meta con ahínco, sin desfallecer por el tráfico, o ya debido a esa curiosa manía de concluir que se podría estar ocupado en alguna actividad más útil en esos momentos. Si se camina con convicción, y no por necesidad, o para complacer algún capricho, mediando serena agilidad, aguda observación, ligera firmeza, ciega esperanza en el porvenir, no es de lamentar no entramparse en los desatinos de la mente.

Sudo en tanto avanzo. Normalmente, prefiero no detenerme. Acaso apuro una botella de agua, rebusco en mis bolsillos unos chicles, alterno las gafas oscuras que tengo que usar con las que también tengo que usar y no tienen color. Como siempre olvido los paraguas que compro, ya no compro ninguno; entonces, cuando he salido a caminar y ha empezado a llover, pues camino bajo la lluvia, campera hasta el cuello. El temporal, o garantiza un resfriado, o bien puede ser un nuevo aliado de la satisfacción, por qué no. La voluntad de desplazarse a través de la dificultad termina de adornar una acción en absoluto desprovista de belleza invisible. En brazos de la adversidad suelen aparecerse las mejores ideas, aclararse los pensamientos, hallarse soluciones, fortalecerse las creencias: consolidarse la libertad personal, hacerse uno más original, más fecundo, más profundo.

De modo que no hay nada que temer. En lo que a mí respecta, suelo pensar justamente en escribir mientras camino: tendrá que ver quizás con la cuestión del ritmo, con lo de la afirmación en el mundo (pie en el concreto, paso a paso), o solo será asunto de una vinculación banal de imágenes. Sea como fuere, si el lector me cree y decide afianzar su rol de peatón practicante, y al final soporta el exceso de carros, la ausencia generalizada de aceras seguras en este país, la contaminación, la delincuencia, la gripa de aguacero, el sol o las propias recriminaciones, acabará por entender.

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