El fantasma, el coro y el robot

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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

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Estuve viendo la muy esperada película titulada “La esposa”, con la estelar Glenn Close, y basada en la novela homónima de 2004, de la estadounidense Meg Wolitzer. No quiero estropear, desde luego, la oportunidad que llegare a tener el lector para adentrarse en esta trama con ojo sigiloso, pero valdría la pena establecer ciertos vínculos que se hacen evidentes nada más empezar la narración cinematográfica comentada. Me refiero a la difícil cuestión de la autoría original de las ficciones del mundo editorial vendidas en forma de creaciones individuales, comercializadas así, porque, debido a variadas razones, de tal forma se aceptan mejor. Por albures que no alcanzo a entender del todo, no suelen resultar en exceso apetecibles determinadas obras literarias cuya génesis, maduración y epítome corresponden al trabajo mancomunado de dos o más escribidores. Y, entonces, esto se oculta y se le echa la culpa a una sola persona, que la asume sufrida y gustosa. 

Es algo que llama la atención, por decir lo menos: el lector, ese ser solitario, parece preferir a aquel  otro ser aún más perdido que él en el desierto de una historia, llamado escritor, cuando este anda solo y no en legión. ¿Por qué? A saber. Sin embargo, cabe recordar que el fenómeno del colectivismo de autor, de la coautoría editorial, ha encontrado formas para su camuflaje y supervivencia. Fundamentalmente, lo ha hecho, y esta no es ninguna primicia, a través de la colaboración pagada al escritor fantasma (el nègre littéraire): aquel que, buen prosista, carece del brillo individual que le permita a la editorial colocar con éxito libros en su nombre dentro del falsamente modesto mercado de las estanterías. (Método que ha tenido expresiones en otros ámbitos: el cantante con apostura que solo mueve los labios, porque no sabe, no puede cantar, en tanto que es un desconocido de rostro indefinido el que compone y entona tras bastidores. Detrás de la carátula).

Esta manifestación de la industrialización de la palabra fue la que consolidó el vitalista Alejandro Dumas aún en los tiempos artesanales de la Francia de hace más de un siglo y medio. Se las arreglaba para concretar un argumento particular y desagregarlo a sus obreros, que trabajaban diez horas al día, todos los días, mientras el jefe andaba por ahí, conquistando el mayor número de jovencitas posible con su tez morena y su panza prominente (y despilfarrando lo que ganaba “escribiendo” tan pronto lo cobraba), atributos tan difíciles de hallar entre los señoritos parisinos de la época. Con todo, ¿quién duda hoy en reconocerle a Dumas la autoría incontestable de su obra? ¿Alguien sabe cómo se llamaban los escribientes de El conde de Montecristo? ¿A alguno le importa quién redactó qué cosa? Una marca registrada en la cubierta basta por sí sola para convencer.

No obstante, la forma más acabada de este engaño consentido la encontramos en la actualidad. Sin dudas, para pocos debe de ser un secreto el hecho de que, cuando un novelista publica con su exclusiva voz propia, se trata de un privilegiado. En realidad, los libros de mayor renombre publicitario están reescritos por un coro de expertos en literatura (¿y en psicología del consumidor?) que ha interpretado hasta cierto punto un borrador personal del que aparece como autor. No dejan nada al azar. Aunque a veces leo dicha clase de libros, como ahora mismo, trato de evitarlos. Me pregunto si será ese el futuro de la literatura: la robotización de las letras desde de los modelos del pasado.

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